Turquía atraviesa un momento geopolítico clave, beneficiándose de cambios regionales como el colapso del régimen sirio, la rendición del PKK y el giro estratégico de Occidente. Su papel como potencia regional se fortalece frente al avance ruso en el Cáucaso, mientras que internamente enfrenta una crisis democrática con el arresto del líder opositor Ekrem İmamoğlu. El futuro del equilibrio regional dependerá de la capacidad de Turquía para gestionar sus ambiciones externas sin descuidar su estabilidad interna.

Los acontecimientos recientes en Oriente Medio han situado a Turquía en una posición geopolítica privilegiada, otorgándole ventajas estratégicas significativas en el escenario internacional. Transformaciones clave en la política global han confluido para beneficiar a Turquía, desde la redefinición de la política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump hasta el colapso del régimen de Bashar al-Assad en Siria y la rendición del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Estos eventos han alterado el equilibrio de poder en Asia Menor, reforzando las ventajas geopolíticas de Turquía. Analicemos estos cambios y el impacto que ha tenido para el país otomano.
La Doctrina Trump y su Impacto en las Relaciones Transatlánticas
La administración de Donald Trump ha implementado cambios significativos en la política exterior de Estados Unidos, desafiando las estructuras tradicionales de alianzas que habían prevalecido durante décadas. Una de las modificaciones más notables está siendo la exigencia a los aliados de la OTAN de aumentar su gasto en defensa al 5% de su PIB, una cifra considerablemente superior al objetivo previo del 2% establecido en la Cumbre de Gales en 2014. Esta demanda genera tensiones entre Estados Unidos y sus aliados europeos, muchos de los cuales enfrentan actualmente dificultades económicas y políticas para cumplir con tales incrementos en el gasto militar. La retórica de Trump, que cuestiona el compromiso de Estados Unidos con la defensa colectiva bajo el Artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, siembra dudas sobre la fiabilidad de Washington como aliado, acciones que han llevado a que países europeos reconsideren sus propias políticas de defensa y busquen una mayor autonomía estratégica, lo que, a su vez, ha abierto oportunidades para que Turquía fortalezca su posición dentro de la alianza y en la región.
El Colapso del Régimen de Assad y sus Repercusiones Regionales

En diciembre de 2024, el régimen de Bashar al-Assad en Siria colapsó tras una ofensiva relámpago de grupos rebeldes que tomaron Damasco y declararon el país «libre». Este acontecimiento puso fin a más de cinco décadas de gobierno de la familia Assad y marcó un punto de inflexión en la guerra civil siria. La caída del régimen fue el resultado de una combinación de factores, incluyendo la desmoralización de las fuerzas armadas sirias, la corrupción interna y la pérdida de apoyo de aliados clave como Rusia e Irán. Para Turquía, la desaparición del régimen de Assad ha significado la eliminación de una amenaza en su frontera sur, permitiéndole reconfigurar su estrategia de seguridad y reducir la presencia militar en la región. Además, ha abierto la puerta para que Ankara desempeñe un papel más activo en la reconstrucción y estabilización de Siria, consolidando su influencia en el Levante.
La Rendición del PKK y el Proceso de Paz Interno
En febrero de 2025, Abdullah Öcalan, líder encarcelado del PKK, hizo un llamado histórico a su organización para declarar un alto el fuego y disolverse, con el objetivo de poner fin a más de cuatro décadas de insurgencia en Turquía. Este anuncio fue el resultado de negociaciones secretas entre el gobierno turco y representantes del PKK, facilitadas por intermediarios internacionales. La declaración de Öcalan abrió la puerta a un proceso de paz que busca resolver el conflicto kurdo mediante vías políticas y democráticas. Para Turquía, la desmovilización del PKK representa una oportunidad para redirigir recursos militares y económicos hacia otras áreas estratégicas, así como para mejorar su imagen internacional en materia de derechos humanos y resolución de conflictos.
Inestabilidad Política en Georgia y la Influencia Rusa en el Cáucaso
Por otro lado, las elecciones parlamentarias de octubre de 2024 en Georgia estuvieron marcadas por acusaciones de fraude electoral y una creciente influencia rusa en el país. El partido gobernante «Sueño Georgiano» fue declarado vencedor en medio de denuncias de manipulación electoral y protestas masivas en Tiflis y otras ciudades. Observadores internacionales señalaron irregularidades significativas, y la oposición rechazó los resultados, exigiendo nuevas elecciones. La crisis política en Georgia refleja una tendencia preocupante de retroceso democrático y aumento de la influencia rusa en el Cáucaso, una región de importancia estratégica para Turquía. Ankara observa con cautela estos desarrollos, consciente de que una mayor presencia rusa en Georgia podría alterar el equilibrio de poder en la región y afectar sus propios intereses geopolíticos.
La Alianza Estratégica entre Turquía y Azerbaiyán en el Contexto del Conflicto de Nagorno-Karabaj
Turquía y Azerbaiyán han mantenido una relación estrecha basada en lazos históricos, culturales y estratégicos. Durante la segunda guerra de Nagorno-Karabaj en 2020, Turquía brindó un apoyo significativo a Azerbaiyán, contribuyendo a su victoria sobre Armenia y la recuperación de territorios disputados. Esta cooperación militar fortaleció la alianza entre ambos países y consolidó la influencia turca en el Cáucaso Sur. Sin embargo, la postura proactiva de Turquía también generó tensiones con otros actores regionales y subrayó la complejidad de las dinámicas de poder en la región. La relación entre Ankara y Bakú continúa siendo un pilar clave en la estrategia geopolítica de Turquía, especialmente en el contexto de las aspiraciones de Azerbaiyán de convertirse en un centro energético y de transporte en Eurasia.
Crisis Política en Turquía: Arresto de Ekrem İmamoğlu y sus Repercusiones

El 19 de marzo de 2025, las autoridades turcas detuvieron a Ekrem İmamoğlu, alcalde de Estambul y prominente líder de la oposición, bajo acusaciones de corrupción y vínculos con organizaciones terroristas, específicamente el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Esta acción desencadenó una serie de eventos que han puesto en jaque la estabilidad política y social del país. İmamoğlu fue arrestado junto con más de 100 personas, incluyendo periodistas y empresarios, en una operación coordinada que ha sido calificada por el Partido Republicano del Pueblo (CHP) como un «intento de golpe civil». Las autoridades también anularon su título universitario, lo que podría impedirle postularse en futuras elecciones presidenciales.
Como hemos visto en multiples medios de comunicación, la detención ha provocado protestas masivas en todo el país, con cientos de miles de ciudadanos manifestándose en ciudades como Estambul, Ankara, Adana, Trabzon e İzmir. El gobierno, por su lado, ha respondido imponiendo prohibiciones de reuniones públicas y restringiendo el acceso a plataformas de redes sociales. A pesar de estas medidas, las manifestaciones continuaron, reflejando un descontento generalizado con las acciones gubernamentales.
Consideraciones Finales: Transformaciones y Perspectivas en el Orden Regional
Los acontecimientos analizados —desde el colapso del régimen sirio, la rendición del PKK, la redefinición de la política exterior estadounidense, la inestabilidad en Georgia, hasta la crisis política interna en Turquía— convergen en un punto de inflexión crítico para la región euroasiática. Turquía se encuentra hoy en una coyuntura histórica, en la que múltiples variables internas y externas le otorgan una capacidad de maniobra geopolítica sin precedentes en las últimas décadas. No obstante, esta oportunidad también conlleva riesgos sustanciales.
Desde una perspectiva geopolítica, Turquía está transitando hacia un papel de potencia regional autónoma, capaz de influir activamente en el Cáucaso, el Mediterráneo Oriental y el Medio Oriente. Su estrecha alianza con Azerbaiyán, su renovado protagonismo en Siria, y su papel de pivote estratégico frente al repliegue parcial de Estados Unidos en Europa y al debilitamiento de la cohesión interna de la OTAN, colocan a Ankara en el centro de las arquitecturas de seguridad emergentes en Eurasia. En este nuevo orden, Turquía no solo es vista como un «flanco oriental» de la OTAN, sino como un actor esencial para garantizar el equilibrio de poder frente a Rusia e Irán, y para controlar los corredores energéticos y logísticos entre Asia y Europa.
La desestabilización de Georgia y el avance ruso en el Cáucaso vuelven a poner en primer plano la importancia del Mar Negro y del corredor transcaucásico como zonas estratégicas disputadas. El fortalecimiento de la alianza Turquía-Azerbaiyán aparece como un dique de contención frente a la proyección geoestratégica rusa hacia el sur, pero también como una carta que Ankara podría utilizar para negociar con Moscú desde una posición de fuerza. La creciente importancia del proyecto del «Corredor Zangezur», que conectaría directamente Azerbaiyán con Turquía a través del exclave de Najicheván, refuerza este planteamiento.
En el plano social y político interno, sin embargo, Turquía se enfrenta a desafíos estructurales significativos. El arresto de Ekrem İmamoğlu y las protestas masivas que le han seguido evidencian una profunda polarización política que puede erosionar la legitimidad del sistema institucional. Las restricciones a la libertad de expresión, la represión de la disidencia y la concentración del poder en el ejecutivo, si no se revierten, podrían obstaculizar no solo el desarrollo democrático del país, sino también su aspiración de ser percibido como un interlocutor confiable en el concierto internacional. Una democracia debilitada resta credibilidad en foros multilaterales y puede limitar el acceso a alianzas estratégicas con socios europeos y transatlánticos.
Además, los conflictos no resueltos con minorías étnicas, como la kurda, pese al anuncio de disolución del PKK, seguirán siendo una fuente latente de tensión mientras no se acompañen de una integración real y de garantías plenas de ciudadanía. El cierre del ciclo de violencia sólo será posible si se avanza hacia una solución política inclusiva, que aborde las causas estructurales del conflicto.
En síntesis, nos encontramos ante un escenario donde Turquía podría evolucionar hacia un nuevo tipo de liderazgo regional, más autónomo, asertivo y diversificado en sus alianzas. Sin embargo, el éxito de esta transición dependerá de su capacidad para consolidar su estabilidad interna, fortalecer sus instituciones democráticas, y articular una política exterior coherente que combine ambición geopolítica con responsabilidad estratégica. Lo que está en juego no es únicamente el papel de Turquía en el sistema internacional, sino también el equilibrio de poder en Eurasia y la estabilidad de un vecindario compartido por actores globales, regionales y subestatales con intereses a menudo contrapuestos.
El futuro geopolítico de la región dependerá, en gran medida, de cómo se resuelva esta ecuación turca. Un país que, en su cruce entre Europa y Asia, entre el Islam y la secularidad, entre democracia y autoritarismo, sigue siendo una de las incógnitas más complejas —y decisivas— del siglo XXI.