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¿Por qué una ciudad debiera transformarse en una “Smart City”?

Independientemente de que existe un factor tecnológico que avanza imparable impactando todas las áreas de nuestra vida, y que, inevitablemente afecta al desarrollo de nuestras ciudades, de la misma forma que afecta al desarrollo de negocios a nivel mundial, a la manera en la que nos organizamos, al estilo de vida que llevamos o a la estructura geopolítica que toma la sociedad, las propuestas de conversión de una ciudad en su contrapartida “Smart City” van más allá de, simplemente, dejarse llevar por esta ola de progreso que mueve a la humanidad hacia niveles y cotas de desarrollo no conocidas hasta ahora.

Con más del 50% de la población mundial urbanizada en estos momentos, y con las previsiones de crecimiento demográfico previsto para las próximas décadas, la transformación de ciudades, pueblos y urbes en sus contrapartidas “Smart”, o inteligentes, no trata simplemente en dejarse arrastrar por las innovaciones tecnológicas e ir implementando todo lo que vaya siendo desarrollado por la comunidad científica y técnica, sino en una necesidad para prevenir y prever, a lo largo de las próximas décadas, un colapso en el modo de vida de todos nosotros, por no poder ofrecer servicios e infraestructuras de calidad a un mayor número de personas que vengan a hacer, de las ciudades, su hogar.

La tasa de crecimiento es particularmente rápida en muchas de las llamadas megalópolis, urbes cuya población es mayor a 10 millones de habitantes y que, cada vez, son más los motores de crecimiento de sus respectivas economías nacionales; por lo que, al tiempo que las economías urbanas crecen, también lo hacen sus desafíos.

El paradigma del bienestar económico y social derivado de la vida en las ciudades comienza a ser un mito ante la creciente explosión demográfica, la misma que ha llevado a pique, en diversos casos, el nivel y la calidad de vida de sus habitantes, rompiendo así con su premisa fundamental, pues la viabilidad de una ciudad se apoya en un funcionamiento eficaz de su infraestructura y que esta se traduzca en suficiencia en servicios de energía, transporte, seguridad y movilidad; en una buena calidad del aire y una mejor condición ambiental; en servicios hospitalarios y de salud, suministro de agua y presupuestos acordes con el nivel de ingreso promedio de la gente, una situación que, necesariamente, está vinculada al empleo que la ciudad sea capaz de ofrecer y las oportunidades que genere.

En otras palabras, lograr calidad de vida en una ciudad requiere fundamentalmente de cambios en su infraestructura, pues, una infraestructura eficaz, contribuye a la prosperidad económica y a la mejora de la vida de sus habitantes. Por lo tanto, para transformar la ciudad transformamos sus servicios y estructuras, y, por eso, todas las tecnologías que ahora se encuentran en la base de la transformación de una urbe en una Smart City se enfocan en estas áreas de forma prioritaria y concreta.

El ecosistema de una ciudad es complejo y el proceso es largo

La complejidad del ecosistema social en las ciudades y zonas urbanas ha aumentado haciendo de la sostenibilidad de estas un factor importante. Este ecosistema en su conjunto está experimentando en esta segunda década del siglo XXI una gran agitación económica, una alta tasa de urbanización, variaciones climáticas y un gran crecimiento de la población. Estos factores pueden dificultar el crecimiento cuando no hay control sobre ellos, provocando que nuestras ciudades se vuelvan desordenadas y desorganizadas, pues, a mayor número de residentes, los problemas relacionados con la salud, el tráfico, la contaminación, la escasez de recursos, la gestión de los residuos y de las infraestructuras se suelen acrecentar y, por lo tanto, el desarrollo de la ciudad se desmorona si no se implementan medidas de gestión automatizadas y control de todas las áreas críticas para su buen funcionamiento.

Puesto que la aparición de problemas relacionados con la sobrepoblación de las ciudades lastra el crecimiento y disminuye el nivel y calidad de vida de sus habitantes, la no-transformación de una urbe en una Smart City puede desmantelar completamente todo el desarrollo conseguido en las últimas décadas. Esta perspectiva es, parcialmente, lo que ha desencadenado el uso de la tecnología como solución a todos estos problemas y lo que ha estado en la base del concepto de Smart City desde sus inicios, ya que, las ciudades inteligentes, garantizan un entorno sostenible con la ayuda de cantidades ingentes de datos tomados de todos los servicios de la ciudad, usando tecnologías como el Internet de las Cosas (IoT), las redes de telefonía de nueva generación 5G, las mejoras en la domótica de nuestros hogares o con la introducción de la conducción automática de vehículos por nuestras calles. Así, por “inteligente”, se entiende que la ciudad es más sostenible, habitable y eficiente en todos los servicios que ofrece a sus habitantes.

Comprendiendo la Smart City

Aunque el concepto de Smart City sigue siendo confuso en la mente de muchas personas, es un “vocablo” y una idea que, poco a poco, va llegando a la masa de la sociedad, pasando de ser un tema de conversación casi exclusivamente entre grupos de innovadores que viven por y para el desarrollo tecnológico, a alcanzar a los llamados early-adopters, personas que empiezan a usar estos conceptos antes de que se conviertan en un tema de uso común y diario para la mayoría, y donde todos entendamos lo que significa que nuestra ciudad se quiera transformar, o se esté transformando, en una Smart City.

En todo caso, para que una ciudad (sus gobernantes y equipo de gestión, se entiende) inicie un proceso para plantearse siquiera que posibilidades existen de transformarla en una Smart City, hay varias macro áreas que deben ser tomadas en cuenta para decidir, dentro del amplio abanico de posibles actuaciones sobre la ciudad, cuales son más prioritarias, necesarias o económicamente viables. Así, deberíamos tener en cuenta, por ejemplo:

  • El relieve y condiciones naturales de la ciudad: observar dónde se desarrolla físicamente la ciudad, es decir, posibles peligros como avalanchas, terremotos, inundaciones, contaminación, etc., que definan la implantación de tecnologías que ayuden a la prevención de desastres y catástrofes naturales como primera prioridad.
  • La estructura de desarrollo de la ciudad; es decir, cómo ésta ha transitado espacialmente bajo la influencia de fuerzas políticas, económicas, sociales y como de “dispuesta” está la ciudadanía para acometer las obras y cambios estructurales que requiere la transformación tecnológica que implica una Smart City.
  • La estructura demográfica; concerniente a la población e índice migratorio de la ciudad, donde hemos de tener bien estudiados el alcance de los servicios, su capacidad, su respuesta y dimensionamiento ante un crecimiento sostenido y prolongado del número de habitantes que llegarán a ella en los próximos años, y que tipo de tecnologías nos permitirán acompañar este crecimiento, siendo muy importante que sean modelos escalables a nivel técnico para ello.
  • La estructura de transporte en la ciudad, que suele ser uno de los primeros elementos que se intentan convertir en “inteligentes” mediante la automatización y mejora de todos sus sistemas de gestión, incluyendo el impacto de sus emisiones a la atmósfera, las necesidades crecientes de espacio para su ampliación, la congestión que ello genera, las áreas de la ciudad actualmente sin servicios de transporte o con servicios precarios, etc.
  • La estructura de equipamientos de la ciudad; que comprende los servicios de salud, educación, justicia, comercio, seguridad, comunicaciones, etcétera., que deberán ser transformados en sus contrapartidas “smart”.
  • La estructura de áreas verdes, parques y jardines, que señala la disposición y disponibilidad de zonas verdes por habitante y que, indudablemente, forman parte del ecosistema urbano para incrementar la calidad de vida de los residentes.

Un análisis de los puntos anteriores, y otros que puedan añadirse según las singularidades que cada ciudad tenga, permite garantizar el desarrollo sostenible y la calidad de vida en los complejos ecosistemas sociales de las ciudades y las zonas urbanas.

Los cimientos de la Smart City

Las “Smart Cities” no han nacido “de la nada”, todo, como en cualquier área de la evolución humana, va por fases y tiene un precedente sobre el que los procesos de cambio se apoyan. Un precursor de la ciudad inteligente ha sido el concepto de ciudad digital, una ciudad avanzada tecnológicamente que utiliza la infraestructura de comunicaciones de banda ancha ya generalizada en todo el planeta para apoyar la gobernanza electrónica y un entorno online para transacciones y gestiones públicas.

A partir de esta idea, que lleva décadas de desarrollo en muchas ciudades del mundo, la noción de ciudad inteligente se ha ido estableciendo a partir de la combinación de la sociedad del conocimiento y las mejoras en la ciudad “digital”. Juntando ambas funciones como precursoras del concepto de Smart City, podemos entender la dinámica de transformación de una urbe a una Smart City como el paso a un sistema territorial de innovación de múltiples capas, compuesto por redes digitales, capital intelectual individual y el capital social de la ciudad, que juntos constituyen la inteligencia colectiva que termina por manifestar un ecosistema urbano regido por tecnologías que sirven a la población para sostener un nivel de habitabilidad alto y una calidad de servicios constantes.

Pilares que sostienen la necesidad de convertir nuestras ciudades en ciudades inteligentes

Cada elemento y componente de la ciudad es importante. Ninguno puede funcionar aislado del resto de servicios presentes en esta y todos deben ser tomados en cuenta para poder “justificar”, si es que fuera necesario, porqué necesitamos iniciar procesos de transformación tecnológica para convertir una ciudad en una urbe inteligente. Sin embargo, podemos decir que hay varias áreas que son las que marcan, de alguna manera, las razones y necesidades que dan lugar a estos proyectos de transformación.

Los pilares o factores, al menos para la mayoría de las urbes del planeta, que justifican el tiempo, la energía y la inversión en la conversión hacia una Smart City son el entorno social, la búsqueda de una mejor gestión y gobernanza, el desarrollo local de la economía, el aprovechamiento de las nuevas tecnologías y la búsqueda de un modelo de sostenibilidad. Veámoslos más en detalle.

Entorno social

La posibilidad de que todos los ciudadanos se comuniquen entre sí, y con los organismos y grupos que los representan, sostiene la idea de que las ciudades inteligentes se deben apoyar en comunidades cuyos ciudadanos puedan participar activamente en su diseño. Actualmente hay muchas iniciativas en las que los residentes pueden acceder a la información sobre lo que ocurre en sus barrios y ciudades, pero también se pueden explorar formas con las que incrementar la participación en el proceso de diseño y planificación de la urbe. Los mecanismos para ello, los datos, escenarios y modelos son fácilmente puestos a disposición de la población, gracias a las TIC contemporáneas. Las formas actuales de participación responden a las nuevas tecnologías, pues todo el mundo lleva un móvil en el que descargarse una app donde pueda interactuar con su ayuntamiento, y los medios de comunicación y las mejoras en las webs de estos y otros organismos de gestión está aumentando este tipo de interacción, ya que se comparten tanto datos e información como planes futuros, y la ciudadanía puede votar, opinar o decidir en mayor o menor medida sobre ellos.

Por lo tanto, las ciudades que son “inteligentes” sólo con respecto a su economía o a sistemas tecnológicos implementados en algunos servicios no lo son en absoluto si no tienen en cuenta las opiniones de sus ciudadanos y su participación. Además, las iniciativas de transformación en ciudades inteligentes deben ser sensibles a la hora de equilibrar las necesidades de las distintas comunidades que forman la urbe, pues cualquier proyecto que pongamos en marcha para transformar un sistema o servicio en su contrapartida “Smart” tiene un impacto en la calidad de vida de los ciudadanos, y estos deben ser parte del mismo.

La gestión de la ciudad

La gobernanza es un importante reto de ejecución para las ciudades inteligentes. La transparencia limitada, la responsabilidad fragmentada de departamentos y órganos de gestión, las divisiones desiguales de la ciudad y la fuga de recursos son algunas de las características integrales de la gestión municipal que encontramos en todas las ciudades del planeta.

El paso de este tipo de gobernanza de la ciudad a un modelo digital es esencial para una administración eficaz y eficiente, tratando de que se incluya la participación política y activa en los servicios de los ciudadanos y que se promueva el uso de la administración “electrónica” a través de las TIC. Al fin y al cabo, se trata de poner en marcha iniciativas “smart” para mejorar el proceso de toma de decisiones, la elaboración de políticas públicas, los planes de mantenimiento de la urbe, los cambios que esta necesita, las reformas que hay que hacer en ella para que sea sostenible para las siguientes generaciones, etc. Las aplicaciones de comunicación a través de nuestros móviles y páginas web de ayuntamientos y organismos municipales son el canal más utilizado por muchas ciudades para ello y, por lo tanto, los equipos gestores de ciudades en proceso de convertirse en Smart Cities deben potenciarlo para identificar las necesidades y deseos de los diferentes grupos destinatarios y abordarlos de la manera que sea más eficaz y conveniente.

Afortunadamente, la gobernanza digital ya forma parte de las iniciativas de muchas ciudades inteligentes para permitir a los ciudadanos participar en el gobierno y en la gestión de esta y convertirse en usuarios activos en ella. Si todos los que vivimos en una urbe somos actores clave de sus cambios, podemos tener la oportunidad de comprometernos con el proceso de transformación hasta el punto en que se puede influir en que el cambio sea un éxito o un fracaso.

Economía

La economía, y su buena o mala situación, es uno de los principales motivos de la puesta en marcha de iniciativas de transformación de una ciudad. Un indicador clave para medir el crecimiento de esta es la capacidad que tiene la urbe como motor económico, y si las mejoras tecnológicas que se implementan en ella incrementan, y se ven reflejadas, en una mejora de la economía bajo el modelo “Smart City”.

Puesto que todo proyecto de transformación tecnológica lo que pretende hacer es que una ciudad ofrezca mejores oportunidades económicas, que sea más eficiente en el uso de sus recursos y que el coste de su gestión y mantenimiento se minimice, inevitablemente pensar en la transformación hacia un modelo “Smart” es analizar todos los costes y beneficios en términos financieros, pues una Smart City, como cabría esperar, apoya la maximización de la eficiencia en el uso de recursos que la ciudad tiene. El crecimiento económico en las Smart Cities debe ser constante debido al corto ciclo de vida de las TIC y la rapidez con la que estas evolucionan. Además, como plataforma de desarrollo económico y empresarial, la ciudad inteligente facilita el flujo de capital, que viene de la mano de inversiones locales, nacionales o extranjeros, en busca de oportunidades de maximizar la inversión en nuevos proyectos y nuevas tecnologías.

Por este motivo, la implicación y actividad empresarial en todo proyecto urbano es uno de los ejes centrales de las ciudades inteligentes, y la creación de un entorno para el desarrollo industrial es fundamental para su éxito. Los resultados económicos de las iniciativas de ciudades inteligentes son la creación de empresas, la creación de empleo, el desarrollo de la mano de obra y la mejora de la productividad.

Tecnología

Para que una ciudad “ordinaria” se transforme en una ciudad “inteligente”, la tecnología desempeña un papel fundamental. Las ciudades modernas son cada vez más inteligentes gracias a la rápida evolución de avances en áreas del conocimiento que, en muy pocos años, se han convertido en recursos disruptivos, englobados dentro de un paradigma macro denominado la Industria 4.0.

Gracias a todo un conjunto de tecnologías, los problemas derivados de la gestión y mantenimiento de una ciudad pueden evitarse en muchos casos, o anticiparse a ellos y mitigarlos analizando los enormes datos disponibles que nos entregan redes de sensores y dispositivos que nos permiten monitorizar el funcionamiento de nuestra urbe. Aquí es donde entra en juego el big data, la inteligencia artificial, las comunicaciones 5G y pronto 6G, la tecnología de almacenamiento descentralizado blockchain, el internet de las cosas (IoT), el desarrollo de gemelos digitales (digital twins) de la urbe, etc. Las Smart Cities deben explotar estas tecnologías para aumentar la sostenibilidad y mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

Así, el uso de las tecnologías mencionadas puede ciertamente elevar el nivel de vida de los habitantes gracias a poder ofrecerles servicios mejores y más eficaces a menor coste, pero también se enfrenta a fuertes desafíos. Los recursos humanos tecnológicamente sólidos con habilidades prácticas en estas nuevas áreas son actualmente limitados, por lo que educar y formar a personas en conocimientos de TI tan nuevas y disruptivas puede ser un gran reto, pero no cabe otro camino, pues una Smart City se basa en todo lo anterior para poder llegar a concluir con éxito su transformación.

Sostenibilidad

La sostenibilidad podría definirse como la forma de conseguir un desarrollo económico y social sin alterar el medio ambiente. En una ciudad esta definición abarcaría los principales mecanismos de funcionamiento de los entornos urbanos, que comprenden el suministro de agua, energía y alimentos, el transporte y la emisión de gases de efecto invernadero. El deseo de vivir en una ciudad sostenible y respetuosa con el ecosistema natural es otro de los motores que impulsan los proyectos de las Smart Cities.

Puesto que las ciudades consumen el 75% de nuestros recursos energéticos y emiten el 80% del carbono que daña nuestro medio ambiente, disminuir el impacto de las ciudades en el planeta es una motivación enorme para fomentar el despliegue de las tecnologías que hemos mencionado anteriormente, e integrarlas en las infraestructuras existentes de la urbe. Al mismo tiempo, también es imperativo aumentar la resiliencia de las ciudades ante las perturbaciones y cambios medioambientales. Una ciudad inteligente lleva a disminuir las consecuencias medioambientales de la vida urbana al disminuir su huella de carbono, mejorar la generación y reciclaje de residuos, hacer un mejor uso de los recursos hidráulicos y energéticos, etc.

En resumen

Con el constante aumento de los niveles de población y la repentina explosión demográfica en las ciudades, los retos urbanos a los que se enfrentan las urbes de todo el planeta han aumentado hasta un nivel sin precedentes. Se espera que esto continúe con incrementos adicionales en el nivel de contaminación, la escasez de recursos, el tráfico y mucho más. Las ciudades se enfrentan hoy a nuevas responsabilidades económicas, políticas y tecnológicas que se deben satisfacer para ofrecer una prosperidad sostenible a sus ciudadanos. Es hora de aprovechar la tecnología y establecer sistemas más inteligentes que puedan optimizar el uso de sus recursos limitados.

Muchas ciudades ya han empezado a implementar estos cambios, pero es esencial actuar con rapidez, ya que la necesidad de proporcionar un desarrollo sostenible y saciar las necesidades de la creciente población sin perturbar el medio ambiente será crítica en pocas décadas a la vista. Hagamos de nuestras ciudades actuales los motores del cambio para la transformación de la sociedad, convirtiéndonos en aliados del medioambiente y los ecosistemas naturales para aprovechar sus recursos de forma responsable, poniendo en marcha soluciones tecnológicas que ofrecen sistemas de gestión eficaces y busquemos la forma de tener una población implicada en la gobernanza de su ciudad, pues, al fin y al cabo, es nuestro hogar, y el lugar que debemos cuidar y mejorar para nosotros ahora y para aquellos que lo vendrán a ocupar en el futuro.

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