Níger y el polvorín del Sahel

PHOTO/ORTN-TÉLÉ SAHEL/AFP – Esta imagen de captura de fotograma de vídeo obtenida por AFP de ORTN – Télé Sahel el 26 de julio de 2023 muestra al coronel mayor Amadou Abdramane (C), portavoz del Comité Nacional para la Salvación del Pueblo (CNSP) hablando durante una declaración televisada

JOSÉ MARÍA PEREDO POMBO
Atalayar

Las Fuerzas Armadas españolas lo llevan advirtiendo desde hace varios años. E igualmente los analistas del Instituto Español de Estudios Estratégicos del CESEDEN o el Instituto Gutiérrez Mellado, por citar dos importantes centros de investigación sobre seguridad. El Sahel Occidental – Mauritania, Mali, Níger, Burkina Faso y Chad -, es un abanico de inestabilidad que rodea el Mediterráneo occidental y el Estrecho que necesita ser observado como una prioridad estratégica para la defensa nacional. Deseado por los distintos intereses de las nuevas potencias, Rusia, China y Turquía; infectado por el terrorismo yihadista que busca controlar territorios en la región y hacerse con fuentes de financiación a través del petróleo y otros recursos; desestructurado política y económicamente y con un fuerte sentimiento antieuropeo y postcolonial que se han encargado de alimentar los relatos perversos del yihadismo y de los mercenarios rusos del grupo Wagner.

El golpe de Estado en Níger, el segundo perpetrado contra el presidente progresista Mohamed Bazoum en tan solo dos años, es la crónica de una confrontación anunciada y denunciada por los servicios de seguridad occidentales. Que los presidentes progresistas europeos y americanos no han querido ver ni tampoco han sabido entender.

Hace una década, cuando los terroristas se vieron derrotados en Afganistán y Oriente Medio por la intervención norteamericana y aliada en respuesta a la atrocidad de las Torres Gemelas, y después se desangraron entre ellos en la espantosa guerra de Siria, los grupos yihadistas pusieron su foco en el Sahel. Un territorio complejo y dividido tribalmente, empobrecido y políticamente desahuciado.

La región se reconvirtió en un hervidero de tránsito para la inmigración ilegal, utilizada como arma para desestabilizar la Unión Europea y el Mediterráneo, y en una plataforma para acceder a fuentes de energía y hostigar a los países productores (Nigeria). Boko Haram hizo su aparición en Níger para sustituir en África la amenaza a Occidente que el Estado Islámico y antes Al-Qaeda habían desarrollado en Oriente Medio. En la actualidad el llamado Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes (afín a Al-Qaeda) y el Estado Islámico del Gran Sáhara (leal al Daesh), permanecen activos en la zona.

Pero entendido además como una región con capacidad de influencia geopolítica, con la salida al golfo de Guinea y la posibilidad de promover un Gobierno débil en Mauritania para establecer bases estables en el Atlántico Sur, el Sahel Occidental se ha convertido en un espacio estratégico para las grandes potencias. Para Rusia, en términos de poder político y militar desde donde amenazar (Mali) el flanco sur de la OTAN. Y para China en términos económicos y políticos para desplegar su influencia en África y aglutinar los sentimientos antioccidentales en el conjunto del Sur Global. Turquía, por su parte, concibe el Sahel como un paraguas para su política norteafricana y del Mediterráneo Oriental, que ha puesto en valor en la Cumbre de la OTAN donde ha conseguido un mayor esfuerzo atlántico para la seguridad en aquella subregión.

Europa, autolesionada por la polarización e indefinida en sus objetivos estratégicos, ha visto debilitada su presencia en África. Francia es el ejemplo más palpable de las lamentables consecuencias que tiene el no dar a los conflictos híbridos de la actualidad la importancia que realmente tienen. Pocas semanas antes de que se haya producido este golpe en Níger, una ola de violencia extrema, injustificable e injustificada asoló el país y puso contra las cuerdas nuevamente al Gobierno de Macron. La debilidad interna conduce irreversiblemente a la debilidad exterior. Pero, a pesar de estar viendo día tras día esta tendencia en países tan cercanos como Francia, tan importantes como Estados Unidos o en nuestro propio país, hostigado por recientes procesos políticos radicales y secesionistas, las sociedades democráticas occidentales, supuestamente bien informadas, viven de espaldas al hecho de que la competición entre potencias se libra simultáneamente en las trincheras de Ucrania, en la actividad guerrillera y mercenaria del Sahel, en las calles de Barcelona y París y las instituciones de Madrid y Washington.

Maniatados por su debilidad interna, los dirigentes europeos no saben reaccionar ante la complejidad de un orden de rivalidad y confrontación que no se manifiesta en un acontecimiento puntual o en una crisis resoluble. Sino que se proyecta en la totalidad de las dinámicas y conflictos internacionales actuales. Al presidente del Consejo de Ministros de la Unión Europea y de España, Pedro Sánchez, le ha sorprendido el golpe de Estado de Níger en sus vacaciones en Marruecos. País clave para la estabilidad regional y al mismo tiempo amenaza permanente para la propia estabilidad por su rivalidad creciente con Argelia, en largos kilómetros de frontera con el Sahel. Una situación de alto riesgo, que para España lo es de manera especial.

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