A lo largo del siglo XX, el Producto Interno Bruto (PIB) se consolidó como el principal referente del crecimiento económico. Sin embargo, frente a los desafíos actuales en sostenibilidad, equidad y bienestar social, surge la necesidad urgente de repensar cómo medimos el progreso de las naciones

Durante décadas, el Producto Interno Bruto (PIB) ha sido la métrica predominante utilizada por gobiernos y organismos internacionales para medir el crecimiento económico. Concebido en la década de 1930 por el economista Simon Kuznets como una herramienta para cuantificar la producción económica y ayudar a formular políticas tras la Gran Depresión, el PIB rápidamente se consolidó como el principal indicador del progreso nacional. Sin embargo, con el tiempo ha quedado en evidencia que el PIB, aunque útil para registrar la actividad económica, no es capaz de reflejar aspectos fundamentales del bienestar humano ni de la sostenibilidad de los sistemas socioeconómicos y ecológicos.
En este contexto, responsables de políticas públicas de la ONU han llamado a «ir más allá del PIB» como condición necesaria para alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Esta posición, respaldada por el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, se fundamenta en la necesidad urgente de construir un sistema económico que otorgue verdadero valor a lo que importa: el bienestar humano, presente y futuro, para todas las personas, y en armonía con el planeta.
«El enfoque centrado exclusivamente en el PIB ignora dimensiones críticas del desarrollo. No ofrece información sobre la distribución del ingreso, excluye el valor de actividades no remuneradas como el trabajo doméstico y voluntario, y es incapaz de valorar adecuadamente el capital natural, social o humano». Así lo ha subrayado Özge Aydogan, directora del Beyond Lab de la ONU en Ginebra, quien lidera iniciativas de pensamiento en innovación social y sostenibilidad. Según Aydogan, “el PIB mide muy pobremente –o en absoluto– el valor de las personas, las comunidades o la naturaleza”. Además, señala que el actual modelo económico, basado en la extracción de recursos para generar riqueza que beneficia a unos pocos, debe transformarse en una economía regenerativa que produzca valor no solo económico, sino también social y ambiental.
En este sentido, el Beyond Lab ha trabajado activamente con gobiernos, investigadores y líderes de pensamiento para explorar alternativas que integren de manera explícita el capital humano y natural en los cálculos de riqueza nacional. Se trata de una transición hacia sistemas económicos que consideren la regeneración de la naturaleza como un activo económico, complementando el PIB con métricas que reflejen con mayor precisión el bienestar y la resiliencia social y ambiental.
Ya existen precedentes históricos de indicadores alternativos. En 1972, el reino de Bután propuso el Índice de Felicidad Nacional Bruta (FNB), que evalúa el desarrollo a partir de cuatro pilares: el desarrollo sostenible, la conservación ambiental, la preservación cultural y la buena gobernanza. De manera similar, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) desarrolló el Índice de Desarrollo Humano (IDH), que integra la esperanza de vida, la educación y el ingreso per cápita para reflejar una visión más humana del desarrollo. A estos se suman propuestas más recientes como el Índice de Progreso Social (IPS), el Índice de Bienestar Económico Sostenible (IBES) y el Índice de Riqueza Inclusiva (IRI), los cuales incorporan variables sociales, ecológicas y de equidad para ofrecer una imagen más completa del desarrollo nacional.
No obstante, la adopción de estos indicadores alternativos no ha sido sencilla. Uno de los principales obstáculos es la falta de consenso sobre qué constituye una economía post-PIB. Si bien el concepto de economía regenerativa —propuesto como visión para 2050 por Aydogan— plantea un sistema que crea riqueza a partir de activos virtuales y recursos naturales regenerados, aún no existe un modelo claro ni una hoja de ruta consensuada para su implementación global. Además, los desafíos técnicos relacionados con la recolección de datos, la estandarización metodológica y la resistencia institucional al cambio limitan la adopción de métricas alternativas.
La insuficiencia del PIB como indicador también se evidencia en su insensibilidad a los efectos negativos de ciertas actividades económicas. Por ejemplo, el desastre petrolero de Deepwater Horizon en 2010, así como el derrame del Exxon Valdez en 1989, provocaron aumentos temporales en el PIB estadounidense debido a los costos de limpieza y la generación de empleo relacionada, a pesar de los profundos daños ecológicos y sociales causados. Este tipo de contradicciones ha llevado a voces críticas, como la de la economista Nathalie Bernasconi del International Institute for Sustainable Development (IISD), a recalcar que “el PIB por sí solo no puede guiarnos hacia el futuro”. Para ella, se requiere traducir la evidencia científica sobre sostenibilidad y bienestar en políticas nacionales concretas, y crear incentivos para que los gobiernos abandonen un paradigma anclado en las métricas del siglo XX.
Más aún, desde una perspectiva filosófica y cultural, se plantea una crítica profunda al tipo de valores que el PIB promueve. Como señaló Bingying Lou, del Beyond Lab, retomando el pensamiento de líderes indígenas ambientales: “¿Por qué valoramos un árbol muerto –convertido en mercancía– más que uno vivo que produce oxígeno y equilibra el ecosistema?”. Esta reflexión pone en evidencia la necesidad de redefinir lo que entendemos por riqueza y progreso.
Desde la arena diplomática, también se suman voces a favor de una transformación estructural. El embajador Matthew Wilson, representante permanente de Barbados ante la ONU en Ginebra, ha destacado la importancia de recomponer el multilateralismo como herramienta para atender los desafíos del endeudamiento externo y la dependencia de modelos financieros posbélicos que ya no responden a las necesidades del mundo actual. Según Wilson, aunque el multilateralismo no ha sido perfecto, sin él la situación global sería mucho peor. Enfatiza la necesidad de actuar no solo con visión de futuro, sino con medidas concretas que permitan resolver crisis estructurales, como el sobreendeudamiento y la desigualdad en el acceso a la financiación para el desarrollo.
Pese a todos los avances conceptuales y los nuevos indicadores propuestos, la realidad política aún muestra una fuerte dependencia de las métricas tradicionales. Según Aydogan, persiste una lógica electoral y mediática que premia a los gobiernos que logran mostrar un crecimiento del PIB, aunque dicho crecimiento no se traduzca en mejoras reales en la vida de las personas. Esto representa uno de los principales retos culturales a superar: “Nos han enseñado a ver la economía de una forma determinada”, afirma, “pero el hecho de que estamos alcanzando y sobrepasando múltiples límites planetarios evidencia que el statu quo ya no es viable”.
El debate sobre estas nuevas métricas y modelos económicos tomará protagonismo en foros internacionales clave durante 2025, como la Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo, que se celebrará en Sevilla (España) del 30 de junio al 3 de julio, y la Cumbre Social Mundial en Doha (Catar) en noviembre del mismo año. Estas reuniones ofrecerán una oportunidad crítica para avanzar en la definición de un nuevo consenso global que supere las limitaciones del PIB y se encamine hacia un desarrollo verdaderamente sostenible, equitativo y centrado en las personas.