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La sostenibilidad de las Smart Cities, retos y obligaciones

La pasada COP26, cumbre internacional sobre el clima celebrada en Glasgow, ha puesto, una vez más de manifiesto, la creciente consciencia y preocupación por el medio ambiente, la urbanización y el desarrollo tecnológico que una gran parte de la sociedad posee, y que han dado lugar a una necesidad, y a una oportunidad urgente, de repensar la forma en la que construimos y gestionamos nuestras ciudades.

Quizás esto no sea algo nuevo, pues somos conscientes de que, en las últimas décadas, estas cuestiones interrelacionadas entre sí empezaron a converger para darle forma a lo que se denomina, genéricamente, “Ciudades Inteligentes Sostenibles”, con el término “sostenibles” cobrando peso en el conjunto del concepto de lo que representa una Smart City.

Si en publicaciones anteriores hemos hecho más hincapié quizás en el aspecto tecnológico de las Smart Cities, no podemos dejar de lado los aspectos medioambientales que, sin duda, forman parte del concepto “smart”, y que se incluyen dentro de los objetivos globales de todos los países que han firmado los diferentes acuerdos de la COP26 para seguir trabajando por un mundo más limpio, libre de emisiones nocivas y con vistas a una recuperación de nuestro ecosistema natural.

Globalización de los problemas medioambientales y del desarrollo sostenible

La COP26 solo es el último intento global por abordar un problema muy complejo. Una serie de conferencias de la ONU celebradas en los últimos cuarenta años han puesto de manifiesto el carácter cada vez más global de los problemas que existen en nuestro ecosistema natural. Hasta la conferencia de Estocolmo de 1972 los problemas medioambientales se consideraban principalmente como cuestiones locales: se creaban localmente y tenían efectos locales. Pero, en las últimas décadas, ha quedado cada vez más patente que este no es el caso. El informe de la Comisión Brundtland de la Conferencia Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo puso el concepto de desarrollo sostenible en la agenda, y las posteriores conferencias de Río y Ciudad del Cabo lo mantuvieron. Bajo el lema “piensa en global, actúa en local“, el plan de acción de la Agenda 21 señalaba claramente la importancia de la aplicación y la acción local para reducir los problemas ambientales, y los efectos sociales que estos provocan a nivel global.

Uno de los ejemplos más evidentes de este desequilibrio es el cambio climático. Desde 1988, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha estudiado las causas y los posibles efectos de la acción del hombre en el medioambiente y, en posteriores informes, han afinado sus conclusiones: el cambio climático está principalmente impulsado por actividades humanas. Puesto que las ciudades son las causantes del 80% de las emisiones de gases invernadero que vertemos en la atmósfera, es un problema que nos toca de lleno a los que buscamos transformar nuestras ciudades en Smart Cities y reducir el impacto en el medio natural que estas tienen en el planeta.

Urbanización y crecimiento demográfico

Cuando comenzó el siglo XX, alrededor del 12,5% de la población, unos 200 millones de personas, vivían en ciudades. Cien años después, esas cifras han aumentado hasta el 52%, unos 3.600 millones de personas. Según estas estadísticas, más de la mitad de la población mundial vive ahora en ciudades, un porcentaje que va en aumento, como hemos comentado en otras ocasiones, pues según el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales de las Naciones Unidas “se espera que las zonas urbanas del mundo absorban todo el crecimiento de la población previsto para las próximas cuatro décadas, al tiempo que atraerán a parte de la población rural“. Por lo tanto, se calcula que en 2050 la población urbana representará el 67-70% de la población mundial, aunque, eso sí, con grandes diferencias regionales.

En las partes más desarrolladas del planeta se espera que el 86% de la población sea urbana en 2050, mientras que en aquellas que lo están menos, la proporción urbana posiblemente alcance “solo” el 64%. Según UN DESA, el departamento de asuntos económicos y sociales de la ONU, la mayor parte de la urbanización se producirá mediante el crecimiento de las zonas urbanas ya existentes, pero, sin embargo, y en contra de lo que podría pensarse, se espera que la mayor parte de este crecimiento se produzca en ciudades relativamente pequeñas, al menos en estos momentos.

Iniciativas públicas y privadas colaborando en los procesos de transformación urbana

Así, con más de la mitad de la población mundial viviendo en zonas urbanas, el uso de la energía, la tierra y otros recursos se acrecienta cada vez más. La actual concentración de la población mundial en las ciudades implica que éstas son cada vez más importantes a la hora de abordar cuestiones de desarrollo sostenible. Digamos, pues, que el desarrollo urbano sostenible se ha convertido en un requisito previo para acometer cualquier proyecto de mejora de las ciudades. Y, “sostenible”, aquí, ya no es una palabra de moda o un concepto que ponemos en el título de cada proyecto porque es lo que se espera del mismo, sino un requerimiento sin el cual esos proyectos, en muchos casos, no salen adelante.

Combinando propuestas locales e internacionales, redes como ICLEI (Gobiernos Locales por la Sostenibilidad), el grupo de liderazgo climático C40 Cities y la Iniciativa Climática Clinton – Programa de Ciudades (CCI) entre otras muchas redes, organismos e iniciativas por el estilo, tienen como objetivo el aprendizaje mutuo y el intercambio de experiencias sobre la mejor manera de promover el desarrollo urbano sostenible en la práctica.

Gracias a ello, es decir, gracias a que el sector público relacionado con el crecimiento de nuestras ciudades está poniendo en marcha iniciativas para que las zonas urbanas sean parte de la solución respecto al modo en el que la sociedad vivirá en el futuro, el concepto también es utilizado cada vez más por los actores del sector privado, especialmente consultorías y empresas de construcción de edificios, distritos urbanos o ciudades enteras. En Suecia, un ejemplo de ello es “SymbioCity“, una plataforma de marketing desarrollada y gestionada por Business Sweden con el objetivo explícito de promover a las empresas suecas en el mercado internacional de las ciudades ecológicas, un ámbito que ha tendido a centrarse en las infraestructuras base de la urbe como el alcantarillado, el agua, la energía y la gestión de residuos en la ciudad.

Una transformación que lleva décadas en marcha

El origen del concepto de Ciudades Inteligentes se remonta, al menos, al movimiento Growth Movement de finales de los años 90. Pero también habíamos comentado en una publicación anterior que las bases de las Smart Cities se encuentran en lo que se ha denominado “ciudades cibernéticamente planificadas“, es decir, las ciudades “digitales” de los años sesenta, en las surgieron numerosas propuestas para poner nuestras urbes en red y crear planes de desarrollo de la ciudad teniendo en cuenta las TIC como motor de estas, algo que se acrecentó en la década de 1980 en adelante.

Quizás por eso, las Smart Cities son hoy un concepto avanzado y por el que el sector privado apuesta enormemente. Desde el punto de vista empresarial, combinar las nuevas tecnologías de comunicaciones, obtención y gestión de datos, almacenamiento de información, procesamiento y análisis, gestión preventiva, etc., en el marco de la “ciudad inteligente” tiene el potencial de lanzar una especie de concepto mayorista en el que las empresas, start-ups y compañías que sean punteras en el desarrollo de soluciones para lidiar con los problemas de nuestras urbes tendrán mucho camino de crecimiento y expansión en las décadas por venir. Además, la mayoría de las TIC incluidas en los modelos conceptuales de ciudad inteligente ya existen desde hace años. La novedad es cada vez más la interconexión, combinación y la sincronización de estas, así como el desarrollo de los sistemas que incluyen para que funcionen de forma concertada. Aquí es también donde está el reto y lo que hace que el mercado sea tan interesante para las pequeñas y grandes empresas que tienen el potencial de desarrollar esas complejas soluciones en el ámbito de la nueva Industria 4.0.

Impactos globales de acciones urbanas “locales”

Como hemos mencionado anteriormente, las iniciativas para crear “ciudades inteligentes sostenibles” se han centrado normalmente en soluciones técnicas para conseguir un metabolismo urbano más eficiente, y la sostenibilidad de una ciudad se ha centrado en reducir el impacto que se produce dentro de los límites administrativos y geográficos de esta.

La razón principal es que pocas ciudades (si es que hay alguna) son autosuficientes. Para mantener la calidad de vida de sus ciudadanos, la ciudad depende de un territorio del que se extraen recursos y al que se devuelven, irremediablemente, los contaminantes y los residuos producidos por la urbe.

Debido a los procesos de industrialización, urbanización y la globalización, una parte cada vez mayor de los bienes consumidos en una ciudad se produce cada vez más lejos de esta. Esto significa que los impactos ambientales del consumo que tienen lugar por el conjunto de habitantes, industrias y servicios de la urbe están dispersos por todo el mundo y, en consecuencia, que el impacto medioambiental de una ciudad no puede limitarse al “metabolismo urbano” dentro de los límites de esta. Por tanto, para obtener una mejor comprensión del concepto de “ciudades sostenibles” se requiere una perspectiva global en la que las evaluaciones de sostenibilidad y los desarrollos urbanos se realicen teniendo en cuenta las consecuencias globales de la acción o inacción local.

Así, una perspectiva amplia del impacto medioambiental que tiene una Smart City puede obtenerse esencialmente de dos maneras diferentes. Una es utilizar un enfoque basado en el análisis del impacto medioambiental de la producción de los recursos que la ciudad necesita, evaluando el ciclo de vida completo de estos, lo que significa que el impacto de una ciudad se determina incluyendo todos los procesos anteriores y posteriores a la cadena de producción y a la cadena de suministro allá donde estos se hayan producido.

La segunda forma es utilizar un enfoque basado en el consumo, lo que nos lleva a determinar el impacto medioambiental de una ciudad en función del consumo y uso de los recursos por sus habitantes, sin importar donde tenga lugar la producción de los bienes consumidos. Sea cual sea el enfoque que usemos, un cálculo del impacto ecológico de una Smart City necesita que se tenga en cuenta aquello que la ciudad necesita para funcionar correctamente, en que medida y cantidad, cuanto se aprovecha o se desaprovecha de ello, que impacto tiene el consumo de todo lo que se requiere para sostener un cierto nivel de vida, y que costes ha tenido su producción, traslado, suministro y otros procesos que han formado parte del ciclo de vida de los recursos de la urbe.

Evaluación estratégica de los recursos que requiere la ciudad

Para poder llevar a cabo este tipo de análisis es necesario partir de lo obvio: toda ciudad depende de la importación de bienes para suplir aquello que no puede producir y de la exportación de aquello que le sobra y que no llega a consumir. Una ciudad “sostenible” es aquella que puede minimizar el impacto medioambiental que se genera en el proceso de importación de recursos más el que aparece en los procesos de exportación de excedentes.

Si se pueden evaluar las necesidades de la ciudad, y buscar los recursos que tienen menos impacto medioambiental para cubrirlos (en términos tanto de producción de energía, de suministro de alimentos, de materias primas, de agua, de servicios, de transportes, etc.), así como buscar la forma de minimizar este mismo impacto en aquello que exportamos fuera de los límites de nuestra Smart City, la sostenibilidad de la cadena de producción, suministros y consumo y de los procesos de gestión de la urbe podrá considerarse en aumento.

Medidas de mitigación

Para aquellos aspectos en los que el impacto medioambiental no se pueda eliminar haciendo cambios en los procesos de producción, suministro y consumo de los recursos de la ciudad, hemos de buscar medidas para mitigarlo.

Históricamente, el desarrollo de las infraestructuras y la inversión en mejoras industriales han conducido a mejoras sustanciales en el bienestar y la riqueza de todas las ciudades del planeta. Tenemos millones de ejemplos en los que, gracias a la implantación de mejores sistemas de transporte, energía, reciclaje, gestión de aguas residuales, etc., se ha mejorado la vida de miles de millones de personas.

Como parte de esto, las infraestructuras urbanas han permitido crear y desarrollar sistemas más eficientes para el comercio y los negocios de toda índole que se dan por doquier en toda ciudad, y esto hace que, el desarrollo de infraestructuras eficientes sea, en muchos sentidos, la columna vertebral de la ciudad moderna y la solución para mantener un nivel de vida en crecimiento para toda la sociedad. Sin embargo, por otro lado, también es cierto que las mismas infraestructuras de nuestras ciudades son las que han permitido arruinar ecosistemas y explotar los recursos naturales hasta un punto que amenaza la existencia de esta misma sociedad moderna. Hemos usado el desarrollo industrial y tecnológico para hacer avanzar a la humanidad y para mejorar la vida en nuestras urbes, pero no hemos puesto freno ni límites al impacto que eso ha tenido en la naturaleza.

En este sentido, las medidas de mitigación que las TIC nos permiten diseñar y poner en marcha son sumamente importantes y, hoy en día, desempeñan un papel cada vez más vital en el mantenimiento y el desarrollo de la sociedad, pues tienen el potencial de apoyar una forma de vida sostenible y eficiente en cuanto a recursos. Un ejemplo de ello es el uso de las TIC para gestionar el flujo de tráfico en las ciudades, para medir y regular el consumo eléctrico o de agua de los hogares, para fomentar el reciclaje de residuos, para monitorizar el gasto energético de las zonas industriales, para optimizar y aprovechar mejor las materias primas, etc.

Enfoques Top-Down y Bottom-Up

La implementación de estas soluciones tecnológicas también puede darse a través de dos enfoques diferentes. Soluciones macro y globales pueden plantearse de forma amplia, ser encargadas a empresas que, partiendo de productos o sistemas más o menos genéricos se adapten a las circunstancias particulares de nuestra ciudad, o pueden darse empezando por implementar soluciones tecnológicas a muy pequeña escala en una pequeña zona de la urbe e ir escalando a su totalidad haciendo los ajustes necesarios a medida que se ven los resultados del proceso.

El primer enfoque tiene la ventaja de que partimos de una solución tecnológica estándar que posiblemente se haya probado ya en otras ciudades, sea un software para el control de tráfico o una instalación fotovoltaica que siempre poseen los mismos componentes básicos y que requiere de unos pocos cálculos para ser replicada en otro punto del planeta. La segunda forma de implantar tecnologías que aseguren la sostenibilidad de la urbe es centrarnos en una problemática concreta que esta tenga y desarrollar una solución local para la misma, hacer que funcione y luego escalar el proceso para que se implemente en toda la Smart City.

En general, la solución óptima pasa normalmente por combinar ambas formas de conseguir que el impacto medioambiental de la urbe gracias a la mejora de sus procesos internos se reduzca, y ya es cuestión de la singularidades y problemas que tenga cada ciudad con sus sistemas de abastecimiento, producción, suministro y consumo que se use en mayor o menor medida uno u otro.

Las ciudades que son inteligentes han de ser sostenibles por definición

En todo caso, ya nada puede hacerse en una ciudad si no lleva asociado un estudio de su impacto medioambiental y de cómo puede contribuir a la sostenibilidad de todos los mecanismos presentes en la urbe respecto a su relación con el ecosistema natural donde esta se encuentra. Todo el mundo es consciente ya que el ritmo de abuso de la naturaleza está escapando de nuestro control y, por lo tanto, ninguna ciudad puede esconder la cabeza a la hora de incorporar tantos mecanismos como sea posible en sus procesos de cambio hacia sistemas inteligentes de gestión sin tener en cuenta que impacto pueden tener esos cambios.  Cualquier implementación tecnológica debe mostrar claramente si va a traer una reducción en la huella de carbono de la ciudad, en la calidad del aire de la misma, en el aprovechamiento óptimo de sus recursos, en la mejora de sus sistemas de reciclado de residuos, en la disminución del uso de materias primas y de energías no renovables y, en definitiva, en el conjunto de procesos que hacen que la Smart City pueda ayudar a recuperar el ecosistema del territorio donde se halle ubicada, o, al menos, no dañarlo y mantenerse neutra respecto al impacto en el mismo.

Los equipos gestores y municipales de nuestras urbes están aprendiendo, en muchas ciudades del planeta, que ambos conceptos (desarrollo tecnológico y respeto al medioambiente) van de la mano si se pretende que la ciudad crezca y mantenga el nivel de servicios que permita a todos sus residentes gozar de un nivel de vida creciente, no solo para los que ahora la habitan, sino para el enorme aumento demográfico que se espera que todas las ciudades del planeta tengan en los próximos años.

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