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La economía circular “social”

Cuando el consumidor le da una nueva “vida” a todo lo que no necesita

Los procesos inflacionistas que se producen cuando la economía de un país presenta problemas de estabilidad financiera y no puede ajustar o contener los precios de los bienes que los ciudadanos consumen llevan, en casi todos los casos, a complicados escenarios de pérdida de poder adquisitivo por parte de la ciudadanía que ve cómo sube el coste de los productos, sin que necesariamente esto signifique que han subido los salarios y los ingresos para hacer frente al incremento de los mismos.

Un poco más caro

En general, siempre se tiene en cuenta que todo lo que solemos adquirir incrementa el precio cada año “un poco”, de manera que los índices de precios de consumo que se suelen publicar anualmente en la mayoría de países sirven para obtener una visión de cómo el conjunto de la economía nacional está yendo, respecto a la calidad de vida de la sociedad que se rige por estos parámetros para gestionar y repartir sus recursos y sus gastos anuales. A mayor subida de precios, cuando no existe un acompañamiento de la subida de salarios e ingresos, menor nivel de vida por pérdida de poder adquisitivo.

En general, los bancos centrales e instituciones financieras han intentado mantener la inflación por debajo de un porcentaje que fuera lo más cercano posible al 0%, sin que sea prácticamente posible que esto se lleve a cabo, pero sí que suele ser normal que una gran parte de países, por ejemplo de la OCDE, el “club” de países desarrollados, mantenga por debajo del 2% el control de la inflación como una medida estándar para todas las políticas monetarias y comunitarias que, por ejemplo, se aplican desde la Unión Europea hacia las economías nacionales de cada estado miembro.

En todo caso, ¿por qué suben los precios? Es una pregunta tan “tonta” que parece que la respuesta sea obvia. Suben porque se incrementa el coste de las materias primas y de todos los eslabones dentro de la cadena de producción y servicio que hacen que ese producto termine en las manos del consumidor. Muy bien. Pero esa respuesta tampoco responde a la pregunta, porque si las materias primas suben, ¿por qué suben? ¿Qué hace que hoy sea más caro recoger un kilo de manzanas y llevarlas al supermercado que hace un año, habiendo subido ese kilo de manzanas pongamos 10 céntimos respecto a lo que pagué por ellas hace exactamente 12 meses?

Reglas del mercado

Puesto que los precios de cuánto cuesta producir, envasar, transportar, transformar o prestar un servicio son arbitrarios y es una dinámica regida por la ley de oferta y demanda, está claro, de algún modo, que los precios suben o bajan según si hay muchas personas que desean algo o si nadie lo quiere pero lo seguimos produciendo. Por lo tanto como poca gente (o menos gente) desea adquirir un producto, para que aun así los productores puedan colocarlo en el mercado tienen que disminuir su precio y toda la cadena de intermediarios deben hacer lo mismo si han de recoger algún beneficio de aquello que están vendiendo.

Por lo tanto, los precios siempre suben por un proceso “dinámico” de fluctuación entre lo que tenemos disponible para ser comprado o servido y cuanta gente, o mercado, hay para venderlo y adquirirlo. Esta simple regla es aprovechada artificialmente por las grandes compañías, empresas y negocios para jugar con esta oferta y demanda, pues si ven que hay poco mercado para algo, reducen la oferta, y así equilibran el número de “cosas” a la venta con el número de personas que lo podrían comprar. Si se quiere ir más allá y hacer subir mucho el precio, mientras se trate de elementos que no sean demasiado perecederos o que se puedan almacenar un determinado tiempo sin problemas, se puede reducir todo lo que quieras la oferta, para así crear un sentimiento fuerte de “escasez” y demanda y hacer que el precio suba porque, de repente, todo el mundo quiere “eso” de lo que hay muy poco disponible.

Este tipo de “métodos de control de precios” son conocidos y estudiados por todos los economistas, empresas y mercados, así que forman parte del funcionamiento normal de la economía y de cómo está estructurado el sistema consumista en nuestra sociedad.

Me niego a comprar algo que es artificialmente caro

Ahora bien, ¿Qué pasaría si los consumidores se negaran a comprar algo que ha incrementado su precio artificialmente solo porque los productores se niegan a ponerlo a la venta teniéndolo en sus almacenes hasta que haya la suficiente demanda como para poder hacer mucho más dinero con esos productos?

Pasaría que quien sale perdiendo es la empresa productora que juega a esconder lo que tiene, diciendo que hay poco para que nos volvamos locos intentando conseguir algo de ese “poco”, pero si nosotros supiéramos que es mentira, que nunca hay “poco de nada” porque las empresas siempre tienen posibilidad y disponibilidad para crear más productos y proporcionar más servicios, entonces el cliente podría esperar y decir con su comportamiento: “hasta que no saques al mercado ese producto con el valor justo que tiene y no inflado por la alta demanda artificial que has creado no lo vamos a adquirir”. La economía mundial pondría un grito en el cielo y se produciría una verdadera revolución en la sociedad de consumo si se llegara a materializar aunque fuera una sola vez este escenario.

Y es que, esta situación, que sería estupenda de cara al cliente, hundiría a muchas empresas y negocios actuales, que simplemente se valen de esta “ley“ continuamente para producir algo a un coste “normal” o bajo, pero esperar y ver cuando hay una demanda tan elevada que pueden vender ese producto a un precio muy alto, y con ello conseguir con pocos elementos o unidades unos beneficios que no conseguirían de sacar al mercado muchas unidades con un precio menor.

Por un lado, es una estrategia empresarial como muchas otras, válida legalmente en nuestro sistema y de uso regular, pero, por otro lado, es una forma de jugar con el consumidor, una manera de manipular a la sociedad que se ha consolidado como “business as usual” puesto que no somos conscientes de cómo salimos perdiendo siempre cuando el ecosistema empresarial aplica sus técnicas de reducción de productos a la venta cuando le interesa o inunda el mercado con ellos cuando quiere hacerlo.

La cuestión es que es el consumidor quien debería fijar estas reglas del juego, pues es quien tiene el poder final de decidir si adquirir algo o no hacerlo, y hacerlo cuando lo necesita al precio normal, razonable y no inflado artificialmente que marcan las empresas, especialmente en épocas del año concretas donde todo el mundo se lanza a comprar desatinadamente productos y bienes que, bien pensado, quizás no harían falta si nos paramos a analizar nuestras necesidades en cada momento y resistimos el poder de las campañas de marketing y publicidad, para evitar que lo que ahora compramos por impulso o presión social termine en algún armario o trastero, sino directamente en la basura, poco tiempo después.

La economía circular, reducción de excedentes y desechos

Ya que este comportamiento que explicamos va a ser difícil que llegue a implantarse realmente en la sociedad, y puesto que de este continuo consumo de productos depende la estabilidad, literalmente, de toda nuestra civilización, porque todas las áreas de vida que podamos llegar a mencionar o pensar están ligadas al buen funcionamiento de la economía, debemos fijarnos en alternativas para que el proceso de producción y consumo frene un poco la vorágine de desechos y elementos que terminan en vertederos o incineradoras, con el consiguiente daño medioambiental al planeta, y busquemos fórmulas para controlar una parte de la gestión de esta ley de la oferta y la demanda en cuanto a lo que sucede con aquello que se compra pero luego se tira o no se usa.

Mientras que la industria ya posee sus iniciativas de economía circular para que se puedan reciclar cada vez más elementos y materia prima dentro de la cadena de producción, el consumidor y la sociedad deberían encontrar un mecanismo, que ya existe, pero no está tan extendido, de reciclar y darle una segunda o tercera “vida” a todo lo que no necesita.

Decimos que no es algo que no exista, pero hacemos hincapié en que está infrautilizado. Es decir, en cada barrio, ciudad o pueblo, en cada región o en cada comunidad de vecinos, sería de una utilidad enorme tener un centro donde pudieras donar o intercambiar de forma regular todo lo que no usas, pero que no tiene por qué terminar en la basura, sino que se pudiera dar a alguien, a través de algún mecanismo centralizado de coordinación, que le pudiera hacer falta sin tener que comprar uno nuevo, y tu pudieras llevarte a casa algo que también puedas necesitar sin tener que adquirirlo igualmente. Sabemos que hay muchos organismos, instituciones y centros sociales que recogen todo aquello que la ciudadanía desea donar para los que tienen menos recursos, pero no es bastante para construir un modelo de “economía circular” entre las personas, más allá de los modelos que empresas ya tienen para reducir sus impactos medioambientales u optimizar recursos.

Aquí planteamos la necesidad de que sean las comunidades de vecinos o los consejos de barrio los que implementen algún tipo de sistema de intercambio y de colaboración para que, cuando hemos de deshacernos de algo que no usamos, pero que aún está en buen estado de servicio, no termine en un vertedero, sino que cambie de manos para que otra persona lo aproveche.

Intercambio de bienes a nivel de barrio

Hay tanto mercado entre personas para que se pueda expandir la vida útil de tantos y tantos productos no perecederos, que nos sorprendería la cantidad de desechos, plásticos, utensilios y demás podríamos evitar que terminen en la basura, siendo usados por otras personas que les darán un uso perfecto y adecuado a sus necesidades. Nadie, en este caso, haría ningún negocio con ello, no hay ley de oferta y demanda en este tipo de sistemas económicos circulares sociales, y no hay inflación, nada cuesta nada, o, al menos, si se tiene que poner un precio para compensar algo los costes de gestión que quien se encargue de ello pueda tener, será simbólico o muy ajustado a los gastos que pueda haber de la organización de este sistema, pero no como medio de obtener beneficios de los mismos.

Las ideas para llevarlas a cabo están en la sociedad, es cuestión de la organización de las comunidades para implementarlas, pero tiene que ser realizado siempre a pequeña escala, en barrios como mucho, porque de lo contrario, pierden eficacia, ya que si han de intervenir muchos grupos, personas o reguladores locales, se convierte más en un problema de logística y burocracia que en una verdadera comunidad de personas “cercanas” que se reparten y se intercambian aquello que no usan por aquello que pueden necesitar, siempre bajo una mínima supervisión y control para que nadie se aproveche del sistema, algo que se puede gestionar si es una iniciativa vecinal o de barrio con mayor facilidad que si se intenta hacer a nivel de una ciudad, por ejemplo.

Animamos a que este tipo de iniciativas se pongan en marcha incluso por los propios ayuntamientos pero implementándose a nivel de distrito, por ejemplo, teniendo los gobiernos locales un mínimo control de la organización pero dejando la gestión en manos de comunidades vecinales más pequeñas. Al final, la economía circular social podrá tener un impacto igual de grande que la economía circular empresarial e industrial, pues lo que se recicla por parte del consumidor tiene tanto beneficio como lo que se pueda reciclar por parte de la industria, y, entre todos, mejoramos el modelo de consumo que rige nuestras vidas y aprovechamos para cuidar mejor nuestro planeta y los recursos que este nos brinda.

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