El Sahel, la desertificación más allá de la sequía

Las crisis periódicas del "Cinturón del Hambre" africano han proporcionado una visión más precisa y eficaz de la relación entre desertificación y actividades humanas. Independientemente de las sequías, las malas prácticas de explotación de los recursos han sido determinantes para la degradación de la tierra. El proyecto de la Gran Muralla Verde Africana da esperanzas al Sahel, una de las zonas más vulnerables a la actual crisis climática.

Sahel © Jon Evans

Entre 1984 y 1985, los medios de comunicación internacionales llamaron la atención del mundo sobre la existencia de lo que se denominó el «Cinturón del Hambre». Una sequía masiva había afectado al Sahel, la gran franja de 5.400 km que atraviesa África de oeste a este, desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo. La tierra se quedó sin agua y sin una brizna de hierba, y los habitantes de esta vasta zona de cuatro millones de km², en su mayoría pastores, vieron morir todo su ganado. Se desencadenó una gran hambruna cuya repercusión mediática cambió la forma en que la comunidad internacional relacionaba el clima con la desertificación. Científicos y economistas señalaron que las acciones humanas inadecuadas eran la causa principal de la desertificación y que las sequías sólo desencadenaban sus efectos.

No era la primera vez que el Sahel se veía asolado por una sequía. Desde que se empezaron a llevar registros sistemáticos, a principios del siglo XX, la zona ha experimentado periodos climáticos alternos de abundancia y escasez de lluvias. La primera sequía registrada tuvo lugar en 1915, provocando una gran migración hacia zonas más fértiles del sur. Durante la década de 1960, hubo un periodo de abundantes lluvias que llenó los pozos de agua y provocó el regreso de pastores y agricultores, impulsado en gran medida por los gobiernos de los países de la franja, algunos de ellos recién descolonizados.

Pero entonces volvieron las sequías con más fuerza. Entre los años 1968 y 1974, el pastoreo se hizo imposible y la falta de agua desencadenó una hambruna a gran escala que provocó la primera movilización de ayuda exterior y la creación del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola por parte de Naciones Unidas. El suelo del Sahel se había degradado hasta tal punto que, en 1977, se organizó en Nairobi (Kenia) la primera Conferencia de las Naciones Unidas sobre la Desertificación. En 1994, las Naciones Unidas declararon el 17 de junio Día Mundial de Lucha contra la Desertificación y la Sequía, y en 1996 se estableció la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación (CNULD). La CNULD definió la desertificación como «la degradación de las tierras en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas resultante de diversos factores, entre ellos las variaciones climáticas y las actividades humanas».

Un aspecto significativo de esta definición es la separación de dos conceptos, «variaciones climáticas» y «actividades humanas», hasta entonces poco claros para la opinión pública y muchos expertos, que tradicionalmente habían considerado la desertificación como un efecto directo de las sequías.

La terrible crisis de 1984 sacó a la luz las malas prácticas llevadas a cabo en la zona hasta entonces: el aumento del pastoreo y la agricultura, promovidos por los gobiernos y los propios agricultores en los periodos lluviosos, habían provocado una sobreexplotación sistemática de la tierra muy por encima de su capacidad media para proporcionar agua y pastos. La visión a corto plazo de gobiernos y comunidades, que buscaban maximizar los beneficios económicos en el menor tiempo posible, había provocado una grave degradación del suelo.

Entre el desierto y la sabana

El término Sahel procede de la palabra árabe sāḥil, que significa «orilla, borde o costa». Un significado geográfica y climáticamente correcto para una zona limitada al norte por el desierto del Sahara y al sur por las sabanas y selvas del golfo de Guinea y África Central. Desde el océano Atlántico hasta el mar Rojo, el Sahel se extiende por el norte de Senegal, el sur de Mauritania, las zonas centrales de Malí y Níger, el norte de Burkina Faso, el sur de Argelia, el norte de Nigeria, la franja central de Chad y Sudán, prácticamente toda Eritrea y el norte de Etiopía.

Las precipitaciones anuales oscilan entre 100-200 mm en el norte de la franja y 600 mm en el sur, donde los climatólogos sitúan el inicio de los bosques tropicales. Las tierras del Sahel son praderas y sabanas, con zonas de matorral al norte, alternando zonas de árboles, principalmente acacias, en el sur.

No existen datos precisos sobre la población del Sahel, donde se registra una de las tasas más altas del mundo de invisibilidad estadística y movimientos migratorios incontrolados provocados por las sequías, los conflictos armados y el terrorismo de Boko Haram que afectan a algunas de sus regiones. Según las previsiones de Naciones Unidas, la población actual del Sahel ronda los 75 millones de habitantes y casi se triplicará en 2050, alcanzando casi los 200 millones. En 2016, los menores de 24 años representaban entre el 60% y el 70% de la población, y estas cifras tienden a mantenerse en los próximos 20 años. La falta de perspectivas obliga a esta población joven a ejercer una considerable presión migratoria en las zonas meridionales, presión que se extiende a los países europeos.

La Gran Muralla Verde, una gran esperanza

En 2007, los Jefes de Estado y de Gobierno de Burkina Faso, Yibuti, Eritrea, Etiopía, Malí, Mauritania, Níger, Nigeria, Senegal, Sudán y Chad, con el apoyo de la Unión Africana, decidieron poner en marcha un proyecto para luchar contra la desertificación en el Sahel y ofrecer una vida digna y con futuro a sus habitantes: la Gran Muralla Verde de África. La iniciativa refleja el espíritu de la ecologista keniana Wangari Maathai, que fue la primera mujer africana en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2004. Maathai creó el Movimiento del Cinturón Verde, una iniciativa que plantó más de 30 millones de árboles en su país.

La Gran Muralla Verde aspira a convertirse en una barrera vegetal de 15 km de ancho y 8.000 km de largo a lo largo del Sahel. La constatación del cambio climático y la última hambruna de 2010 han dado fuerza a esta iniciativa que pretende reparar los errores endémicos de gobernanza en la zona y el enfoque erróneo que suele adoptarse a la hora de afrontar el problema de la desertificación. Por sus dimensiones, supera cualquier obra colectiva realizada por la humanidad y algunos la definen como la octava maravilla del mundo: nada menos que cubrir 100 millones de hectáreas semidesérticas con un manto verde.

El proyecto se encontró con algunas críticas de los ecologistas, que consideraban que la solución no era «plantar árboles», como se había centrado principalmente el proyecto, sino optar por la regeneración natural del terreno e identificar la flora de cada zona para protegerla. Este trabajo requiere necesariamente la participación de los habitantes, a los que hay que formar para que el proceso sea sostenible y se mantengan las zonas restauradas.

También hubo críticas de diferentes economistas que señalaron que el ritmo de ejecución no era realista y que no se había tenido en cuenta la consecución de la elevada inversión necesaria. La consecución del proyecto estaba vinculada a la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de la ONU, que implicaba un ritmo de regeneración de 5 millones de hectáreas al año.

Ante esta realidad, la Unión Africana propuso una fecha menos ambiciosa pero más realista: la establecida en la Agenda 2063. Pero muchos señalan que sigue siendo necesario trabajar a un ritmo de dos millones de hectáreas al año, muy superior al estimado, que probablemente será inferior a 200.000 hectáreas anuales.

Compromiso común, un valor de referencia

©World Bank Photo Collection

El proyecto ha recogido todas las críticas y se ha reestructurado para alcanzar sus objetivos. Actualmente, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) se ha comprometido a garantizar que se generen impactos duraderos en las zonas de actuación, y el proyecto reúne ya a más de 20 países africanos y a diversas instituciones civiles y centros de investigación. Un valor añadido del modelo propuesto es que puede exportarse a cualquier lugar con condiciones secas y ecosistemas frágiles, como zonas de Fiyi y Haití, países que han puesto en marcha proyectos similares.

Independientemente de su realismo, la Gran Muralla Verde africana tiene como principal valor haber reunido a gobiernos y comunidades en un compromiso común para combatir la desertificación y avanzar en la lucha contra la pobreza. También ha permitido la creación de un observatorio internacional que revela la miseria de la falta de acceso al agua y a la educación, y la necesidad de una gestión eficaz del territorio y sus recursos para luchar contra la desertificación y sacar a millones de personas de la vulnerabilidad climática. La lucha contra la desertificación es un reto que afecta a todos los habitantes del planeta. Hay que seguir de cerca lo que ocurre en el Sahel, en la India, en China y en otras zonas amenazadas, como las del arco mediterráneo, el sur de África, Centroamérica y grandes áreas andinas. La vida de las generaciones futuras en la Tierra depende de lo que aprendamos de ello.

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