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Cuando la buena comida, termina en la basura

La sociedad del consumo a partir de la “imagen” y la estética de lo que comemos y los problemas de sostenibilidad ecológica que esto conlleva

Estamos viendo un aumento de la conciencia social respecto al reciclado de materiales de desecho por todo el planeta. Aunque una parte de la sociedad sigue simplemente tirando a la basura todo lo que no necesita y desecha, empieza a ser común en los hogares el disponer de varios cubos para papel, vidrio, plásticos o residuos orgánicos. Esta buena noticia que ha ido calando en el comportamiento social poco a poco va dando sus frutos a nivel local y regional, tanto que las propias administraciones que recogen la basura y los desechos de la ciudadanía pueden ahorrar costes y destinar una parte de la materia prima a la creación de otros productos o reusarlos para otros menesteres.

Mientras que esta concienciación va en aumento, otro tipo de reciclado que sería necesario no lo hace. Nos referimos a las toneladas de alimentos que se tiran cada año a la basura muchas veces por mínimos problemas simplemente en los envases, o debido a que tanto en restaurantes, como supermercados como en tiendas, no se pueden poner a la venta o servir por razones estéticas, sin que tengan realmente ningún problema los alimentos o sean perjudiciales para la salud de quien los consuma. LA FAO estima que se tiran anualmente unos 1300 millones de toneladas de alimentos con un impacto medioambiental enorme entre la emisión de CO2, el volumen de agua que se utiliza cada año para producir lo que se desperdicia, y los 1400 millones de hectáreas, el 28% de la superficie agrícola del mundo, que se usan anualmente para producir alimentos que se pierden o tiran.

Es pues la otra cara del uso de aquello que el planeta nos brinda para nuestro sustento. Estamos aprendiendo a reusar parte de lo que tiramos, pero seguimos desechando muchas cosas que podrían aprovecharse y ser consumidas, ya que, como decíamos, no se han estropeado, simplemente no cumplen ciertos estándares de presentación que el público en general se ha acostumbrado a demandar en sus lugares de abastecimiento.

Leyes contra el desperdicio

En varios países europeos, y de otras partes del mundo pero en menor medida, existen leyes que facilitan que supermercados o tiendas entreguen sus productos a comedores sociales o a asociaciones que asisten a los más necesitados, evitando el desperdicio de mucha comida innecesariamente. Francia aprobó en 2016 una ley que prohíbe a los supermercados tirar o destruir comida que se encuentre en buen estado para el consumo humano, y obliga a donar la comida a bancos de alimentos. En otros países, es justo lo contrario, no se permite que se done a grupos que trabajan con personas sin recursos aquello que va a ser lanzado a la basura. En el resto del mundo, sin regulaciones en este aspecto, existen muchas personas que localizan cada noche los contenedores de aquellos supermercados, restaurantes y tiendas de alimentación y aguardan pacientemente a que saquen las bolsas de basura que contienen productos que no pueden comercializar, pero que pueden ser consumidos perfectamente.

¿Por qué hacemos este despilfarro innecesario de comida? ¿Por qué tiramos tantos productos en unas partes del globo cuando hacen tanta falta en esas mismas zonas a tres calles del lugar donde estamos vaciando las neveras de lo que ya no puede venderse? Estamos hablando evidentemente de lugares donde la comida es parte del negocio y hay un beneficio económico asociado a la misma. Por lo tanto, de momento dejamos de lado lo que una familia pueda desperdiciar o tirar de lo que compra, y luego no termina de consumir cada día, que es importante, pero es mucha menor cantidad y con menos impacto que lo que la mayoría de cadenas de supermercados y tiendas dejan en los contenedores cada día del año.

La razón, como siempre, estriba en que el consumidor se ha acostumbrado a escoger solo entre productos que son agradables a la vista, además de que sirvan para nutrirle y alimentarle. Pero si entre dos pepinos uno tiene una forma más extraña o un color diferente a lo que estamos esperando ver como “pepino estándar”, si una naranja tiene una piel más rugosa que la “naranja bonita” que queremos llevarnos a casa, o si cualquier otra pieza de fruta, verdura, o del alimento que sea no tiene una “imagen adecuada” y no puede ser vendida a lo largo del día, muchas veces termina en la basura porque le sale más rentable al establecimiento deshacerse de ella que encontrar una forma de hacerla llegar a quien pudiera hacerle falta.

Algunas soluciones en marcha

Para paliar este tipo de abuso con el desperdicio de toneladas de alimentos, hace años que ya se puso en marcha, por parte algunos grandes supermercados y cadenas de alimentación, secciones especiales en las que se venden alimentos que están algo más “alejados” del estándar de imagen y calidad que, en general, se venden en el resto del establecimiento en otras estanterías del mismo. Esas zonas, que ya están marcadas adecuadamente en cada tienda con los indicativos que consideren oportunos para indicar la diferencia entre unos productos y otros, dan salida a una parte de esta producción de alimentos que, instintivamente, dejamos de comprar si tenemos uno más bonito al lado.

Parece raro que el consumidor elija tomates o naranjas por la estética de los mismos, en vez de por sus cualidades nutritivas, su origen, el tipo de agricultura que los ha cultivado, etc., pero es que estamos viendo cómo, al igual que comemos “por los ojos”, sintiéndonos atraídos por platos en un restaurante que tengan una bonita presentación visual, también compramos por los “ojos”, llenado la cesta con todo aquello que parezca ser mejor en calidad sólo porque luce mejor en la estantería del supermercado al que vamos a hacer nuestra compra semanal.

Y no es cierto que lo que tenga mejor apariencia siempre es mejor a nivel nutricional, porque, precisamente, para darle esa apariencia, a veces tienen que someter alguno productos a tratamientos químicos o con algún tipo de cera pulidora, o con algún tipo de recubrimiento que les dote de algo más de brillo en la piel, o que separe los que tienen forma más redonda de los que no, o que deseche lo que no va a tener tanto impacto visual en el cliente vs. lo que sí que pueda tenerlo, etc. Todo, evidentemente, porque el marketing de los grandes supermercados y cadenas de alimentación busca maximizar ingresos, y sabiendo y conociendo perfectamente cómo consumimos los clientes y que buscamos o que compramos por encima de otras cosas, se centran en ciertos productos con ciertas cualidades y características y el resto o se desecha o se intenta vender a menor precio por otro lado o canales.

Así que el reto, en este caso, está en manos del consumidor de coger tanto las naranjas más bonitas como aquellas que pueden serlo menos, siempre suponiendo que ambas están en perfecto estado de consumo. Se trata de escoger aquel producto que no luce tan bien igual que aquel que ha sido “modelado” especialmente para parecer más atractivo y se trata de tomar acción y responsabilidad para que no se tiren tantas toneladas de alimentos que podrían ser consumidos sin problemas en un mundo donde una parte de la población se muere de hambre y otra parte, la mayoría, sufre sobrepeso y obesidad.

Sin discriminación natural

La naturaleza no discrimina una fruta, una verdura o un fruto seco que tiene una forma y no tiene otra, los árboles no están preocupados porque sus frutos salgan más bonitos o menos bonitos, los pájaros y otros animales se los comen igual. Somos los seres humanos los que estamos convirtiendo todo en nuestra sociedad en algo que tiene que ser aprobado estéticamente para que sea considerado aceptable y válido para nuestro consumo, y nos estamos dejando por el camino la posibilidad de solucionar temas tan importantes como ayudar a los que no tienen para comer o hacer llegar alimentos a donde hay problemas para que estos estén presentes.

Si no se tirara tanta comida, la producción de la misma estaría más equilibrada con el ecosistema, pues no hay que producir veinte veces más de lo necesario sabiendo que solo un tercio de las patatas podrán ser vendidas por su apariencia, y, por lo tanto, para poder obtener el mismo margen de beneficio tengo que sembrar y cultivar tres veces más de lo que sería necesario si me compraran el total de mi cosecha sin tirar nada, sabiendo que el consumidor aceptará sin problemas patatas de buena calidad tengan la forma o la pinta que tengan.

Pero de esto no nos damos cuenta, en general, la mayoría de consumidores, porque cuando la comida está en el supermercado ya está seleccionada y envasada o lista para ser llevada a casa. Así que ya vemos solo los alimentos que han pasado los filtros de selección del personal de calidad y de marketing de la empresa. Puesto que el consumidor demanda más un tipo de alimento que otro con unas ciertas cualidades estéticas, los productores se afanan por servirla, aunque ello incluya a veces la sobreexplotación de la tierra, de los recursos acuíferos y de la naturaleza.

Aprendiendo a consumir racionalmente aquello que la tierra nos da

El modelo a seguir, si fuera posible cambiarlo, sería aceptar los alimentos que el campo nos entrega sin mayor distinción de que sea más bonito o estético, sin darle oportunidad a los intermediarios de especular con ello, de obligar a plantar solo un cierto tipo de producto, y desechar el resto. De hacer que cuando vayamos a comprar nos percatemos y preguntemos por qué todos los frutos de una determinada variedad están tan redondos y pulidos, porqué algunos brillan o no tienen ni una sola tara en su estructura o color. La naturaleza no entrega estos alimentos así, tan “bonitos” como decimos, sino que son los procesos industriales post-cultivo los que los dotan de esas características para conseguir que se vendan más “por los ojos”, y que proporcionen los márgenes de beneficios más altos para sus vendedores.

De alguna manera, cualquiera que ha conseguido tener su propio huerto urbano y plantar tomates en casa sabe la satisfacción que da cultivar tu propia comida, que por alguna extraña razón el tomate sabe a tomate y no a plástico, o a algo indefinido, y que las formas caprichosas de lo que que tu cultivas no entiendes como no son las que están en las estanterías de los supermercados, porque a ti nunca te han salido tomates, rábanos o zanahorias tan perfectas.

Falta formación en el consumidor en ese aspecto, comprender cómo son los productos que da la naturaleza y compararlo con los productos que consumimos en el mercado, y entonces entender la enorme industria que, en los pasos intermedios, actúan dándole forma y cualidades que solo sirven para engordar una cuenta de resultados y unos beneficios económicos, pero que no mejora en nada las cualidades nutricionales de estos productos, ya que, si acaso, las disminuye o altera en cada eslabón de la transformación de lo que salió de la huerta y termina en la mesa de la cocina.

Más información de seguimiento de los productos que consumimos

Con la introducción de las nuevas tecnologías como el blockchain aplicado a la industria de la alimentación, esperemos que también los consumidores podamos beneficiarnos del avance tecnológico que supone conocer con exactitud todos los pasos y eslabones de la cadena de producción que ahora las grandes industrias tendrán a su disposición, pues esta tecnología de “cadena de bloques” permite registrar cada paso, movimiento, transformación y elemento del proceso de producir algo, recolectarlo, transportarlo, adecuarlo al consumidor y luego venderlo.

Así, si finalmente llegamos a tener a disposición del usuario la información sobre estos procesos de transformación, podríamos decidir si vale la pena consumir algo que ha sido modificado en X ocasiones, o que ha sido producido con tales características pero luego sufre algunos cambios para venderlos con otras similares pero no originales, o si ha habido algún problema en la cadena desde origen hasta destino que haga desaconsejable su consumo o su adquisición.

Sabiendo que, de momento, no es posible alterar las transacciones e informaciones que se crean sobre una red blockchain, pero necesitando acceso a ella o necesitando que quienes la gestionan hagan pública la información que por ella circula si es una red privada, tendremos más poder y capacidad de discernir qué alimentos consumimos y si seguimos el juego de las grandes industrias que nos ofrecen consumir tremendas cantidades de productos de muchísimas variedades, pero de las que todas han pasado por procesos de “mejora de imagen” para que entren más fácilmente en el carro de la compra y no pierdan ni un céntimo del margen de beneficios que se espera sacar por ellos.

Por el otro lado, y mientras tanto, seguimos tirando esa comida que no pasa esos estándares estéticos, y seguimos explotando y forzando a la tierra a producir más para solo aprovechar una parte de aquello que esta nos entrega, y de esta manera mantener un ciclo vital insostenible con el crecimiento de la población humana, con los altibajos económicos en los que es necesario la ayuda a quien no puede permitirse según qué productos, y con el ecosistema natural que requiere de un tiempo para regenerarse y poder ser fertilizado y cultivado de nuevo.

Así como ya hemos aprendido a reciclar plásticos, cartones y vidrios, es momento de aprender a prestar atención a lo que compramos para que no sea necesario desperdiciar ni un solo alimento solo porque no ha quedado con la forma, color o textura que a los sentidos humanos le parece más atractivo, pero que no representa ningún valor añadido en términos de salud o calidad nutricional, haciéndonos pagar de más por ello, y facilitando que este ciclo se repita día tras día y en todos los rincones del mundo.

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