Un conflicto sin fronteras sigue desarrollándose en el Sahel

Cuando el estallido del COVID-19 dio lugar a un alto el fuego mundial, los combates en la región del Sahel no cesaron. En la región de Liptako Gourma, a caballo entre Burkina Faso, Malí y Níger, la situación de seguridad y la crisis humanitaria se han deteriorado considerablemente en los últimos meses. Las líneas del frente cambian constantemente, lo que significa que la población está siempre en movimiento en busca de seguridad.

La escalada de violencia impide a comunidades enteras de pastores y agricultores acceder a la tierra o a los pastos, perdiendo así su principal fuente de ingresos. Birom SECK/ICRC

El conflicto no es el único peligro al que se enfrentan; el cambio climático y la pandemia del COVID-19 también están afectando a la vida de millones de personas. Patrick Youssef, director regional del CICR para África, subraya la urgente necesidad de ayudar a las personas cuya situación se ha vuelto desesperada, y de crear un espacio propicio para el desarrollo.

Aumento de la violencia

En el Sahel, la violencia armada, la escasez de alimentos, la escasa o nula presencia de los poderes públicos y la crisis económica han provocado el desplazamiento de más de un millón de personas, mientras que otras han decidido unirse a grupos armados.

En Burkina Faso, las armas confieren poder y están provocando niveles de violencia sin precedentes. Más de 900.000 personas han huido de los combates, dejando atrás sus hogares y medios de subsistencia. Han desaparecido personas, se han saqueado pueblos y se han destruido escuelas y hospitales. A medida que se ha ido erosionando el cumplimiento del derecho internacional humanitario, las autoridades públicas han pasado a un segundo plano y se han retirado los servicios básicos.

En la provincia de Oudalan han cerrado 29 centros de salud, lo que ha dejado a casi 300.000 personas sin acceso a la atención primaria. Las necesidades de la gente son enormes, por eso estamos apoyando a los centros de atención sanitaria en las zonas de más difícil acceso y distribuyendo ayuda y suministros de higiene a las personas más vulnerables en centros de detención y campos de desplazados.

La distribución de ayuda humanitaria en zonas de conflicto es una actividad arriesgada y extremadamente compleja en términos logísticos, sobre todo por lo vasta que es la región. Como intermediarios neutrales e imparciales, estamos negociando nuestra presencia con todas las partes en conflicto: con las fuerzas armadas nacionales, las fuerzas internacionales y los grupos armados no estatales. Les estamos recordando sus obligaciones legales de respetar -en todo momento y sin discriminación- al personal y las instalaciones sanitarias, así como la vida y la dignidad humanas.

Los desplazados y su vulnerabilidad

En Liptako Gourma, la escalada de violencia impide que la gente se desplace libremente. Comunidades enteras de pastores y agricultores no pueden acceder a la tierra ni a los pastos, con lo que pierden su principal fuente de ingresos.

Este conflicto sin fronteras se extiende por toda la región del Sahel. Como los frentes cambian constantemente, muchas familias se han visto obligadas a huir una y otra vez, y sus vulnerabilidades son múltiples. Nuestra preocupación es que estas vulnerabilidades se estén volviendo irreversibles; cada vez que las personas se ven desplazadas, la cohesión social vuelve a fracturarse y están un paso más cerca de no poder sobrevivir.

Extremos climáticos y crisis graves

El cambio climático está aumentando la vulnerabilidad de la población durante la temporada de escasez. Con unos recursos naturales limitados y un clima volátil, caracterizado por altas temperaturas durante la mayor parte del año y precipitaciones irregulares, algunos países apenas consiguen mantener la seguridad alimentaria y económica.

La incertidumbre creada por el cambio climático y la presencia de grupos armados está reduciendo el número de rutas que los pastores pueden utilizar para trasladar el ganado. Los pastores tienen ahora que desplazar su ganado mucho antes en el año y durante largos periodos de tiempo para encontrar tierras de pastoreo. En cuanto a los agricultores, luchan por cosechar suficientes cereales y hortalizas. La competencia por los escasos recursos, las malas perspectivas económicas y las crecientes presiones demográficas están creando tensiones entre agricultores y pastores, que a veces degeneran en violencia comunal.

La pandemia de COVID-19 forma ahora parte de la ecuación y también está teniendo un impacto económico negativo. Nos preocupa que la gente no tenga acceso a los recursos que necesita para sobrevivir a esta última sacudida.

Una respuesta de seguridad no es suficiente

La región del Sahel no puede contar con soluciones políticas para aliviar las tensiones y crear un espacio propicio al desarrollo.

Para los habitantes de la región, el futuro incierto es como una condena a cadena perpetua, ya que corren el riesgo de verse atrapados repetidamente por el conflicto. «No hay nada peor para los pastores que perder todo su ganado y tener que depender de la ayuda», explica Maina, un pastor de la región nigerina de Diffa.

La acción humanitaria es la única forma que tenemos de ayudar a las personas desplazadas por esta crisis, pero no podremos satisfacer todas sus necesidades por nuestra cuenta, ni a corto ni a largo plazo. Una respuesta en materia de seguridad no es suficiente: también es necesario un impulso al desarrollo para encontrar una solución duradera a la crisis.

Según los informes del Armed Conflict Location & Event Data Project (ACLED), el número de incidentes violentos casi se ha duplicado en Mali, Burkina Faso y Níger entre el último trimestre de 2019 y el primero de 2020 (un aumento de 402 a 709), a pesar de la pandemia de COVID-19.

Según datos de las autoridades, se estima que en junio de 2020 habrá 900.000 personas desplazadas en Burkina Faso. Más de la mitad de las personas desplazadas son niños.

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