¿Hacia una guerra climática en el Sahel?

Un estudio realizado por el International Crisis Group relaciona el agotamiento de recursos por el cambio climático con el aumento de la violencia en la región del Sahel

AFP/PHILIPPE DESMAZES – Un niño camina por el lago seco de Faguibine, cerca de Bintagoungou, en la región de Tombuctú, en el norte de Mali

ANA RODRÍGUEZ
Atalayar

“Si las guerras en el Sahel se atribuyen al cambio climático se corre el riesgo de subestimar el peso de la dinámica política que subyace a este conflicto”, asegura Tor Benjaminsen, geógrafo especializado en el Sahel y profesor de la Norwegian University of Life Sciences. La región del Sahel es una zona semiárida situada al sur del desierto del Sáhara y que separa la región del Magreb del África subsahariana.

Los habitantes de los países que conforman esta región han tenido que lidiar históricamente con la inexistente fertilidad del suelo, así como con unas condiciones climáticas extremas que han llevado a la escasez de recursos de primera necesidad. Las inundaciones y las sequías que azotan esta zona incrementan, además, los conflictos locales entre ganaderos y agricultores por la tierra y el agua. Un estudio realizado por el International Crisis Group analiza de qué forma el agotamiento de los recursos por el cambio climático puede estar relacionado con el aumento de la violencia en esta región.

Los habitantes de estos países dependen de la agricultura, la ganadería (principalmente el pastoreo) y de escasos recursos naturales como, por ejemplo, el oro en Mali o el uranio en Níger, para poder subsistir. Las constantes sequías e inundaciones a las que han tenido que hacer frente durante las últimas décadas han provocado que la deforestación y la escasez de cultivos hayan dado paso a la aparición de nuevas amenazas como, por ejemplo, disputas por hacerse con el control de estos recursos escasos. Este aumento de tensiones, sumado a otro tipo de factores como la pobreza endémica, el hambre, la propagación de enfermedades, los conflictos crónicos y los bajos niveles de desarrollo han llevado a miles y miles de personas a estar al borde del abismo.

El presidente de Níger, Mahamadou Issoufou, explicó durante el discurso de apertura de la cumbre de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el cambio climático en el Sahel que en su país se “pierden 100.000 hectáreas de tierra cultivable cada año. La degradación de nuestra tierra es inaudita y afecta a la gente de las zonas rurales, a los jóvenes y a muchas mujeres”. Esta situación es similar a la de otros países de la región, donde las temperaturas están aumentando 1,5 veces más rápido que el promedio mundial, según datos de Climate Watch y de la ONU.

Según el grupo intergubernamental de expertos sobre cambio climático de Naciones Unidas, la vulnerabilidad al cambio climático se define como el “grado en que los sistemas son susceptibles a los efectos adversos del cambio climático o incapaces de hacerles frente, y, en particular, la variabilidad del clima y los fenómenos extremos. La vulnerabilidad está en función del carácter, magnitud y rapidez del cambio climático, y de las variaciones a las que el sistema está expuesto, su sensibilidad y su capacidad de adaptación”. El estudio elaborado por el International Crisis Group considera que para responder a la creciente inseguridad en la región del Sahel hay que mirar más allá de la hipótesis que relaciona el calentamiento global y la escasez de recursos con los brotes de violencia.

Los países más afectados por la vulnerabilidad climática en el Sahel son principalmente Mali, Burkina Faso y Níger. A finales del siglo XX, durante las décadas de 1970 y 1980, estos países tuvieron que hacer frente a una serie de sequías históricas que marcarían su devenir. La pobreza se convirtió en una constante en estas regiones; todo ello sumado a la proliferación de grupos armados en las zonas rurales. “Una de las teorías es que el calentamiento global está provocando una reducción de los recursos disponibles y, por consiguiente, un aumento de la violencia. Pero las pruebas no parecen confirmarlo. La propagación del conflicto en la región está vinculada más a los modos de producción que a la disminución de los recursos”, explican en la investigación realizada por International Crisis Group. Según este estudio, la región central del Sahel se ha convertido en un “epicentro de inseguridad” provocado por el traslado de las autoridades estatales a las ciudades y la proliferación de grupos armados en las zonas rurales.

Tras analizar una serie de casos, los investigadores encargados de realizar este estudio han llegado a la conclusión de que “si los gobiernos basan sus políticas de desarrollo en la premisa de que la escasez de recursos conduce automáticamente a un aumento de la violencia, correrán el riesgo de formular respuestas inadecuadas a la profunda transformación de los sistemas de agricultura basados en el pastoreo”. Ante esta situación consideran indispensable el diseñar instrumentos que puedan garantizar una distribución “más equitativa” de los recursos creados; así como encontrar una solución que responda a los intereses de los diferentes sistemas de producción y tenga en cuenta, tanto a los agricultores sedentarios, como a los pastores nómadas.

El aumento de la inestabilidad y la violencia en la región del Sahel ha tenido lugar progresivamente, al mismo tiempo que la sociedad y las instituciones africanas han alzado su voz al mundo para ser ellos mismos los responsables de resolver los problemas que afectan a la región, en vez de la comunidad internacional. Con esta premisa, en febrero de 2019 al menos 17 países se reunieron en la capital de Níger para elaborar un plan de inversión para combatir los efectos del cambio climático de 400.000 millones de dólares (más de 350.000 millones de euros) que pudiera aplicarse entre el período 2019-2030. “Este plan de lucha contra el calentamiento global combina las acciones destinadas a detener el ciclo de empobrecimiento en el Sahel y las intervenciones para impedir la propagación de los grupos armados”, han explicado los investigadores del International Crisis Group. Asimismo, según este plan, los países del Sahel deberían desplegar tropas para evitar el aumento de violencia al mismo tiempo que aumentan sus inversiones en desarrollo para garantizar el acceso a los recursos.

Más allá de que la dificultad para acceder a determinadas materias primas haya sido la chispa que ha encendido la mecha de varios conflictos en la región, los investigadores del estudio ‘The Central Sahel: Scene of New Climate Wars?’ consideran que hay una estrecha relación entre el aumento de los recursos y el consecuente aumento de tensiones. Y, ejemplo de ello, es el conflicto de Mali Central. “Los pozos atrajeron a los agricultores dogon del centro de Mali, que se asentaron allí, inicialmente con el permiso de los pastores peul, a quienes el Estado reconocía a menudo como poseedores de derechos de uso de la tierra. Con el tiempo, el número de agricultores creció y comenzaron a hacer valer sus derechos sobre las tierras que rodeaban los pozos, que habían sido excavadas para los pastores”. Las tensiones entre los pastores y los agricultores empeoraron, ya que ni el Estado ni las autoridades locales tradicionales “parecían capaces de regular el uso de la tierra de manera pacífica y consensual”, explican en este estudio.

No obstante, no es el único ejemplo. Algo similar ocurrió en Burkina Faso, donde un proyecto denominado Riz Pluvial ayudó al municipio de Belehédé a obtener mejores cosechas de arroz y así aumentar la producción. “Este proyecto también afectó el equilibrio demográfico y político local al atraer a agricultores no nativos, principalmente de los grupos étnicos fulsé y mossi. Como resultado, los propietarios fulsé, que a menudo son pastores nómadas, se sintieron expulsados de las tierras sin una compensación adecuada”. A lo largo del Sahel hay varios casos similares que demuestran que muchas veces no es la ausencia o escasez de recursos lo que provoca la violencia, sino la inexistente regulación a la hora de aumentar la producción o de trabajar con nuevas materias primas.

En este contexto hay que tener en cuenta la creciente presencia de países como China, Arabia Saudí o Qatar en esta región, una presencia que, en algunas ocasiones, debilita aún más a las poblaciones agrícolas locales. El economista indio y Premio Nobel Amartya Sen, insistía en que “el hambre y las hambrunas no son necesariamente causadas por la sequía, sino por la falta de sistemas de planificación eficientes, de liderazgo organizado y de voluntad política, junto con sistemas deficientes de distribución de alimentos”, según ha recogido Middle East Eye. Al mismo tiempo, la creciente inseguridad provocada por la proliferación de grupos armados ha llevado a miles de pastores y agricultores a temer por sus vidas mientras trabajan y ha provocado que muchas de estas personas se hayan desplazado a los núcleos urbanos con el fin de encontrar un futuro lejos de la inestabilidad a la que están acostumbrados.

El cambio climático aumenta las dificultades para acceder a determinados recursos como el agua o algunos alimentos y puede contribuir a la migración forzosa. Todos estos elementos son un riesgo para la estabilidad geopolítica de los países que componen el Sahel, al mismo tiempo que influyen en la seguridad, la prosperidad y el bienestar de estas naciones. La lucha por los recursos es un reflejo de la crisis de legitimidad que está viviendo la región del Sahel actualmente. En estos momentos, son necesarias políticas que no dejen de lado a los sectores de la agricultura y ganadería, dos de los principales motores de desarrollo en la región. A este reto, se suma la incapacidad de los Gobiernos para formular políticas que ofrezcan oportunidades a los más jóvenes. Si bien es cierto que el cambio climático puede crear el caldo de cultivo perfecto para la aparición de determinados grupos armados, la principal causa del aumento de la violencia y los enfrentamientos es una ausencia de regulación justa sobre determinadas acciones y recursos.

Suscríbete a nuestra newsletter – El observatorio del Sahel