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Cuando el mundo virtual es más importante que el mundo real, la sociedad tiene un verdadero problema

Cómo nos ha cambiado la tecnología móvil a nivel social

La sociedad está cambiando. En realidad lo hace cada año, cada mes y cada semana, por lo que no es algo nuevo que podamos decir que vaya a ser una novedad en este momento. Pero ¿hacia dónde está cambiando?

Si alguien nos pudiera ver desde muy alto, pero no ver lo que hacemos ni lo que somos, lo que construimos o lo que ejecutamos, sino solo lo que pensamos como una enorme masa de energía que fuera dando forma a lo que la humanidad va consiguiendo cocrear, posiblemente se daría cuenta de que hay dinámicas sociales que van siempre en varias direcciones, pero unidas por un hilo conductor que parece mover a nuestra civilización en una dirección determinada.

Determinar esa dirección y luego poder analizar los elementos clave de la misma es lo que nos daría la oportunidad de poder decir con cierta objetividad hacia dónde se encamina el crecimiento y desarrollo personal, social y colectivo de nuestra especie. ¿Estamos creciendo en consciencia social? ¿Somos más amables los unos con los otros? ¿Se ayudan y asisten los pueblos de la Tierra más entre ellos? ¿Podemos decir que nos hemos convertido en una sociedad más humana o más fría, más distante o más artificial? ¿Podemos cambiar el rumbo de nuestro crecimiento sí supiéramos cómo?

Se plantean muchos interrogantes, como es normal, y las respuestas no siempre son obvias o están al alcance del análisis individual que podamos hacer viendo los sucesos políticos, económicos o sociales que podemos recopilar a través de los medios de comunicación. Nos hace falta, pues, extrapolarnos a la dinámica social y cultural que viene desde los años precedentes, y buscar datos que nos permitan comprobar sí realmente vamos a seguir por la misma senda, o cambiar de rumbo en algún aspecto.

Somos seres sociales

Posiblemente todos ya hemos asumido que la tecnología está cambiando mucho nuestra percepción de la realidad, de cómo se transforma nuestro estilo de vida por situaciones de aislamiento como la provocada por el Covid-19 y por la transformación de nuestro entorno urbano, y por los cambios en la economía o en la geopolítica que, queramos o no, tienen mucha influencia en cualquier análisis del desarrollo de la sociedad a nivel psicológico, evolutivo, humano y colectivo que podamos hacer sobre la situación actual y su desarrollo a medio plazo.

Partiendo de la base de que el ser humano es un ser amigable, racional, colectivo y emocional por naturaleza ¿Qué perspectivas se están abriendo paso con marcado acento y con alto grado de impacto en la forma en la que nos comportamos unos con otros?

Indudablemente nos estamos volviendo mucho más introspectivos debido al uso de la tecnología móvil, pues ya hace años que hablamos mucho menos con las personas de nuestro entorno, e incluso con nuestra pareja, sí tenemos un móvil cerca con el cual consultar cualquier cosa de cualquier app en cualquier momento, estemos en casa o en un restaurante cenando y celebrando nuestro aniversario. Ya no preguntamos por la dirección de cómo se va a algún sitio a los locales de ese lugar porque Google Maps nos lo indica sin problemas, y, en general ya no hace falta hablar con casi nadie para conseguir casi nada porque podemos rellenar formularios, hacer pedidos por internet o enviar correos electrónicos que suelen suplir el papel de la conversación directa para la inmensa mayoría de cosas.

Como todo, no entramos a valorar si esto es positivo para nosotros o no lo es, cada uno usa y aplica la tecnología y las comodidades que esta nos brinda como cree oportuno, pero es una constatación a vista de pájaro de que, en el ámbito social, cada vez más somos personas recluidas cada uno en su universo particular sin mayor interés por el universo particular de los demás que lo que sea estrictamente necesario para la convivencia diaria, el trabajo o las obligaciones familiares. Del resto, el móvil se suele encargar de ello.

Del aislamiento físico, al aislamiento mental del mundo

De esta manera, la sociedad se vuelve más cerrada y menos dispuesta a abrazar intercambios con otros miembros de la misma, ya de por si complicado con una psicosis colectiva a contagiarnos por la transmisión de viruses, lo cual repercute en todas las áreas y mecanismos que la hacen funcionar y nos aboca a depender más de la tecnología que de nuestra propia psicología para poder intuir o tratar con alguien sobre algo. Los emoticonos del WhatApps, Telegram o Signal dicen mucho más de nuestro estado de ánimo que lo que marcan nuestros rasgos faciales o como tenemos los ojos ese día que nos hemos levantado algo apáticos o decaídos.

Por lo tanto, esta tendencia no disminuye, sino que se acrecienta con cada año que pasa y con cada avance tecnológico. Es curioso que lo que está diseñado para hacernos la vida más fácil también está creando que vivamos la vida más aisladamente, algo que suele ir contranatura de cómo el ser humano ha funcionado a lo largo de su historia. No es que dejemos de ser animales sociales que sabemos cooperar en grandes números y de forma eficiente, es que simplemente a la mínima que podemos evadirnos de esa relación con el resto de congéneres, buscamos oportunidades para ello.

Lidiar con nuestros semejantes no siempre es fácil

Es posible que la responsabilidad de una gran parte de esta situación la tengan los sistemas psicológicos del ser humano y los miedos a que estas interrelaciones con los demás nos perjudiquen de alguna manera. A veces no es fácil lidiar con extraños, hacerles comprender lo que queremos decir o necesitamos, no tenemos ganas de aguantar el estado de ánimo de los demás y mucho menos tener que estar detrás de ellos para solucionar o terminar algo, así que es del todo comprensible que prefiramos hacer todo más anónimamente, más tecnológicamente y con menos agobios que los que la interacción humana a veces causa. Como todo, hay grados en los que una relación con otros miembros de nuestra especie puede resultar incluso tóxica, psicológica y energéticamente hablando, mientras que en otras ocasiones pueden ser un bálsamo de alivio, ánimo, apoyo o asistencia.

Pero sí la tendencia es irnos hacia nuestro mundo personal con mayor asiduidad, y esta tendencia empieza a gestarse desde los primeros años de vida pues cada vez cuesta más hacer amigos en la infancia que duren hasta la vejez, también en el ámbito social hay más reticencias a que los pueblos, las sociedades y los países entre sí mantengan ciertos lazos de amistad o de hermandad más allá del simple título que nuestras ciudades pueden intercambiar con otras ciudades con las que “nos llevamos bien” o “nos caemos simpáticos”.

Actualmente muchos pueblos están enfrentados con otros pueblos de la civilización humana, a veces por recursos naturales y materia prima, a veces por ideologías, religiones o conflictos culturales, y estos no merman, ni tampoco se desvanecen con el tiempo, sino que cíclicamente van surgiendo por aquí y por allá a lo largo de nuestra geografía como sí una mano escondida fuera prendiendo mechas y conflictos allá donde interesara para gestionar intereses que quizás la mayoría no podamos comprender o no sepamos ni siquiera que están en juego.

¿Ha crecido interiormente y realmente el ser humano?

Entonces, y volviendo a nuestras preguntas, ¿tenemos más consciencia ahora? ¿Estamos más desarrollados a nivel evolutivo que hace un año, tres o veinte? En general, lo que se aprecia es que mantenemos el mismo nivel de comprensión de cómo funciona el mundo, la realidad y el universo en el que vivimos. Nos cuesta avanzar no solo en conocimiento científico, sino sobre todo en conocimiento humano, psicológico, e incluso espiritual, que no deja de ser una faceta del ser humano que aunque no se pueda medir de ninguna manera, no deja de estar presente en la vida de todos nosotros.

Este apartado “moral”, además, incluido en todas las creencias y sistemas de todos los países del globo, cobra importancia a la hora de decodificar como apreciamos al resto de humanos por lo que son y por lo que hacen, más allá de lo que tengan o de la posición social que posean. Pocas personas suelen encontrar la manera de ver a sus semejantes más profundamente que a través del título o la clase social con la que se presentan al mundo, y enseguida se crean miles de juicios completamente subjetivos sobre algo o alguien simplemente por la apariencia, forma de mostrarse o imagen pública.

Hay, a veces, eones de distancia entre lo que alguien muestra y cómo alguien es realmente, pues somos maestros del disfraz en el comportamiento público hacia el exterior que nos permite acomodar la careta de nuestra personalidad que nos viene bien en cada momento para lidiar con la situación a la que nos enfrentamos. Por lo tanto, se hacen juicios y se critica, se opina y se habla sin tener en casi todos los casos datos y conocimientos reales del por qué de algo, del cómo de algo o de alguien, y del qué de ese algo o de ese alguien. Con esto, forjamos nuestras propias ideas y arquetipos mentales respecto a la situación del mundo, de la vida del vecino o de la panadera del barrio, mientras que, en realidad, ninguno de esos elementos son o se perciben a sí mismos como el resto del entorno pueda estar imaginándoselos en su versión interior del mismo.

Así, la sociedad cada vez es más individualista encerrada en el mundo virtual que la tecnología móvil nos brinda. Sí cada vez opinamos y analizamos al resto desde una visión sesgada que nos da una idea parcial de los demás y cada vez nos encontramos con que nos entendemos menos los unos a los otros, parece claro que la dinámica de los años que vienen va a incrementar esa realidad y convertirnos aún más en aquello que ya llevamos tiempo creando: un mundo en el que falta ayuda y asistencia de unos hacia los otros, un mundo en el que falta comprensión del prójimo y un mundo donde cada uno prefiere ir a lo suyo antes que dedicar un poco de su existencia a asistir a los demás.

A pie de calle, no suele faltar ayuda

Por otro lado, también es cierto que cuando quien tuviera esta visión a vista de pájaro de las líneas psicológicas y evolutivas de la humanidad indagara un poco más en detalle, descendiendo a nivel de “calle” y tratando de encontrar ejemplos de esto que acabamos de contar, se pondría a dudar sobre nuestras conclusiones, pues vería a personas que ayudan a otras a cruzar la calle, vería a unos niños entregando unas monedas a alguien que las necesita, vería a la gente darse los buenos días al pasar unos al lado de otros y vería a alguien a coger amablemente un producto de la estantería superior del supermercado donde otra persona que lo necesita no alcanza.

Y entonces, tras esta visión, se preguntaría, ¿qué falla a nivel macro que no falla en lo individual? ¿Cómo es posible que, en general, haya muchas situaciones en las que podemos constatar que el ser humano es bondadoso, amable, empático y con deseos de ayudar mientras que, luego, vemos que la sociedad está yendo por senderos que apuntan a todo lo contrario?

Y es que individualmente, en general, todos cumplimos con nuestro papel de buenas personas cuando tenemos la oportunidad para ello, no negamos ayuda a quien nos la pide y solemos colaborar con los demás cuando hace falta. Pero siempre ponemos un límite, y siempre lo hacemos sí a nosotros nos va bien hacerlo en ese momento determinado y en esa situación precisa, y nada más. Solo cuando cuadra perfectamente con el horario, la agenda del móvil, y no nos interrumpe ninguna otra acción que nos mantiene dentro de nuestro universo particular, es cuando nos atrevemos, y solemos, espontáneamente, hacer pequeñas acciones que sirvan para ayudar a otros.

Primero el mundo real, luego los mensajes del móvil

Esto debería ser al revés, deberíamos vivir la vida de forma natural, social, compartida y colaborativa, y nos meteríamos en nuestro mundo virtual de la pequeña pantalla solo cuando no hubiera nada que hacer en esa primera forma de vivir, pero lo hacemos al revés, levantamos la mano para darle un producto a alguien que no lo alcanza o ayudamos a cruzar la calle a alguien solo sí no tenemos que mandar ningún mensaje, no tenemos que leer algún artículo en el móvil o no tenemos que mirar el estado de nuestras redes sociales. Ahí, entonces, ya no somos seres sociales, amables o colaborativos, básicamente porque desaparecemos del mundo aislándonos en nuestro universo particular y no vemos ni siquiera a quien necesita que se le eche una mano al pasar por su lado, y, por esta razón, a nivel macro se percibe esta dinámica social y a nivel micro a veces se puede constatar que a veces es así y a veces no. Es cuestión de cuánto tiempo pasas observando el comportamiento humano a pequeña escala y cuánto tiempo ves las corrientes y analizas las dinámicas en grado mayor.

Esta manera de vivir va a ser realmente difícil de cambiar, porque nos hemos vuelto adictos a huir del mundo, pues realmente el mundo de “ahí fuera” tampoco nos ofrece demasiado de aquello que necesitamos para sentirnos a gusto en él. Pero es una trampa psicológica, porque el mundo de “fuera del móvil” puede ser como nosotros deseemos que sea, y se nos olvida que tenemos el poder a través de la interacción personal con el resto de seres humanos de alterar y modificar la realidad en la que vivimos sí no nos gusta la pinta que tiene ahora. Las pantallas, las distracciones, las maratones de series en Netflix, las largas horas pendientes de Facebook y en general todo lo que el mundo virtual ahora nos ofrece, y no decimos que sea malo ni que sea bueno, es lo que causa la desconexión y la decadencia “evolutiva” de la humanidad, sin que, por otro lado, no podemos negar que es algo positivo leer un libro que nos explique algo a través de nuestra tableta o ver un documental que nos ayude a comprender mejor un tema a través de la televisión. No es ese el problema, sino las prioridades y lo que va primero en la vida de una persona, pues primero se ha consolidado el mundo virtual como referencia para gestionar nuestra vida y luego, si acaso, viene el mundo real para descansar un poco los ojos y la mente hasta que podamos volver al mismo.

Es una situación que es muy probable que volvamos a ver repetida año tras año, pues, en principio, y si nada cambia, es una corriente social y dinámica cultural y de comportamiento que va in crescendo y que se afianzará cada vez más profundamente a edades cada vez más tempranas.

Enseñando a nuestros hijos a vivir de otra manera

Por esta misma razón, es importante que los padres que tomen un mínimo de consciencia sobre estos temas saquen a sus hijos a vivir la vida “real”, y estamos de acuerdo en que ya muchos adolescentes usan y necesitan móvil para poder formar parte de la sociedad en la que les ha tocado vivir, pero sí es posible que podamos influir un poco en el balance de ambos “mundos”, que pongamos el acento y la fuerza en el disfrute de lo físico, las relaciones entre personas, salir a hacer actividades a donde sea, escapar de la tecnología cuando se pueda y enseñarles a usarla como herramienta de apoyo para las necesidades de sus vidas y no como un lugar de escape y recogimiento para todo el resto de la misma.

Los padres, por nuestro lado, quizás tengamos que re-aprender a vivir como hacíamos antes de que existieran los móviles y usarlos como se usan unas llaves. Cuando lo necesitas lo coges, haces lo que tengas que hacer, y lo vuelves a dejar en su sitio sin preocuparte sí a los dos minutos ha podido llegar algún nuevo mensaje o alguien ha vuelto a actualizar su perfil social. Si eso lo conseguimos, objetivo realmente difícil, estaremos en la senda de manifestar a nivel micro algo que, poco a poco, dependiendo de cuánta gente se sume a esta forma de recuperar el control de su realidad y de la interacción humana, se tiene que manifestar a nivel macro como un mejor entendimiento entre pueblos, culturas y sociedades, sin caer en la ingenuidad de que todo va a solucionarse de un plumazo y ningún conflicto bélico jamás volverá a producirse, porque no sería verdad, ya que otros muchos intereses están en juego en estos escenarios. Aun así, sería un primer paso y un logro enorme que al menos una parte del tiempo que pasamos metidos en nuestro mundo interior virtual lo trasladáramos al mundo externo real. Al menos equilibremos la balanza, y luego ya veremos cómo reorganizar el resto de la sociedad a partir de ello.

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